El Bosque Rojo de Chernobyl

El “Bosque Rojo” es como se conoce a una zona de 1.000 hectáreas que rodea la ciudad de Pripyat, en Ucrania (o lo que queda de ella). Hace 25 años, allí se produjo el accidente de la central Chernobyl, el peor accidente nuclear de la Historia, que dejó miles de muertos, y cuyos sobrevivientes experimentan terribles secuelas hasta el día de hoy.

Una de las consecuencias a largo plazo más curiosas de la tragedia es que el Bosque Rojo —llamado así por el color de los pinos que fueron afectados por la radioactividad del desastre— se convirtió, en los años posteriores, en una de las áreas con mayor biodiversidad de Ucrania. Aparentemente, el hecho de que esa amplia zona quedara completamente deshabitada por los humanos después de la catástrofe de Chernobyl hizo que numerosos animales se trasladaran allí.

No solo las poblaciones preexistentes de animales se multiplicaron, sino que aparecieron allí especímenes de especies que se creían extintas hace siglos en Ucrania, como linces, jabalíes, lobos, osos pardos, bisontes, caballos salvajes mongoles y búhos reales. Se dice que incluso hay aves que construyen sus nidos en el llamado Sarcófago, una estructura de concreto que se construyó alrededor del reactor de Chernobyl para contener la radioactividad. Todo esto llevó al gobierno ucraniano a declarar oficialmente al Bosque Rojo como “refugio para la vida silvestre” en 2007.

Los científicos no dejan de señalar que la radiación todavía presente en el Bosque Rojo —que aún sigue siendo una de las partes del mundo más contaminadas— tiene un efecto perjudicial sobre los animales, sobre todo sobre su esperanza de vida y sobre sus tasas de reproducción, pero que la ausencia de seres humanos parece ser el factor decisivo a la hora de explicar su supervivencia; al no tener que enfrentar al predador más peligroso, sus poblaciones siguen siendo abundantes. Aún así, no parece haber ningún estudio definitivo sobre el tema.

Kirchner y yo

Nunca sentí simpatía por Néstor Kirchner. Esa es la verdad. Sonará raro proviniendo de alguien que se consideró partidario del gobierno desde 2003, pero es así. Kirchner siempre me pareció un animal político, un tipo duro, capaz de prácticamente cualquier cosa por conquistar y conservar el poder. Debido a que coincidía con la gran mayoría de sus políticas, esas cualidades suyas me parecían necesarias, pero también hacían que me fuera difícil sentir afecto por él como persona.

Su muerte no me sorprendió. No voy a decir que soy clarividente ni nada por el estilo —para eso está Carrió—, simplemente después de su última internación en la clínica Los Arcos, no pude evitar pensar qué ocurriría si él muriera y CFK tuviera que hacerse cargo de su herencia política. Por eso cuando me despertaron hace seis meses —casualmente, hoy también es miércoles— con la noticia de que había fallecido, esa noticia no me dejó estupefacto. Recuerdo que mi primera reacción fue entrar a mi muro de Facebook y escribir que había que conservar la calma, pues CFK no era Isabel Perón. Mi idea, para nada original y desde entonces bastante confirmada por los hechos, fue que CFK era una persona muchísimo más capaz que la viuda de Perón de, por lo menos, encabezar una transición ordenada hacia las elecciones de octubre de 2011. Al final, las cosas resultaron aún mejores: la presidenta tiene altas chances de lograr la reelección en octubre.

¿Qué puedo decir sobre Néstor Kirchner que no hayan dicho ya personas mucho más inteligentes que yo? Solo que Kirchner tenía una diferencia fundamental con el otro gran caudillo peronista post-1983, Carlos Menem. Menem tenía la misma ambición de poder que Kirchner, pero él aspiraba al poder por el poder mismo. A Menem no le interesaban realmente las responsabilidades de gobernar el país, solo quería las ventajas que ello traía aparejado. El hecho de que convirtiera la residencia presidencial de Olivos en prácticamente un polideportivo y pasara la mayor parte de su tiempo ahí es un símbolo de cómo concebía Menem al poder. Menem estaba contento con delegar las tareas rutinarias del gobierno en sus ministros —sobre todo Domingo Cavallo—, y solo le interesaba viajar por el mundo, fotografiarse junto a artistas, miembros de la realeza y políticos extranjeros, veranear en Punta, andar de aquí para allá en la Ferrari, voltearse gatos, etc.

Kirchner no. Podrá acusárselo de muchísimas cosas, tuvo infinidad de defectos, pero jamás fue perezoso. El tipo se involucraba personalmente en todos y cada uno de los detalles de la administración del país. Hay dos anécdotas que sirven para ilustrar de qué manera él ejercía su poder. Primero, el hecho de que a muy poco tiempo de asumir la presidencia viajara a Corrientes Entre Ríos acompañado por apenas un puñadito de funcionarios a destrabar un conflicto docente. Daniel Filmus, en aquel entonces su ministro de Educación, lo cuenta muy bien acá. La segunda anécdota la cuenta Mario Wainfeld en esta columna de diciembre de 2008, y la voy a trascribir:

Hace alrededor de dos años, el cronista se cruzó con Néstor Kirchner en un pasillo de la Casa Rosada. Página/12 estaría citado por algún funcionario de rango más bajo, el entonces presidente saldría del Salón Blanco en pos de su despacho. Se detuvo unos segundos, saludó y espetó un mensaje corto. Sacó un papelito del bolsillo (un gesto usual) y preguntó al cronista, data en mano, si conocía cuántos splits se habían vendido durante su mandato. Este diario lo ignoraba con holgura, se le espetó una cifra millonaria. Sin tomar aire, Kirchner estimó cuántos habrían sido adquiridos por gentes de clase alta o media alta. Los restó del total y concluyó que tantísimos hogares de clase media baja o trabajadora habían tenido por primera vez un aparato de aire acondicionado en su casa en el transcurso de su gobierno. Multiplicó la cifra por cuatro o cinco (familia tipo) y remató: “Millones de personas que por primera vez no se mueren de calor en verano. ¿Y sabe cuánto pagan de electricidad?” Eso sí era público, muy poco. “Por eso, porque hay millones de laburantes que viven mejor, tenemos tanto apoyo”, se solazó. Y, en su salsa, agregó su pizca confrontativa: “Y por eso hay tantos que nos detestan”.

Kirchner era así. Minucioso e hiperactivo. Infatigable para hacer el mal, podrán decir sus enemigos, pero infatigable al fin y al cabo. Y recién pude apreciar esa cualidad suya después de su muerte.

Hay una última cosa que quiero contar sobre el 27 de octubre, y que sé que parecerá paradójica tomando en cuenta que al arrancar este post dije que nunca sentí simpatía por Kirchner. Como mencioné arriba, la noticia de la muerte de Kirchner no me sorprendió, y conservé la calma durante gran parte del día. Esa calma me duró hasta que, a la noche, comenzó la emisión especial de 678. Cuando comenzó a sonar la canción Llegaremos a tiempo, de Rosana, intercalándola con imágenes y filmaciones de distintos momentos de la meteórica carrera de Kirchner, no pude evitar que se me llenaran de lágrimas los ojos, y me costó mucho ocultárselas a uno de mis hermanos, que estaba viendo el programa conmigo. Como podrán ver en el video de arriba, esa apertura fue un excelente trabajo de edición. Todavía me emociono un poco cuando vuelvo a verla.

Eso es todo. No se me ocurre qué más decir.

Vargas Llosa y la visión decadentista de la historia argentina

Si bien el título habla de Vargas Llosa, acá no vamos a hablar de Vargas Llosa, el genial escritor peruano, sino de Varguitas, el rosquero neoliberal —aunque prefiere definirse como “liberal” a secas— que pasó por nuestro país esta semana. Varguitas viene a ser algo así como el Mr. Hyde de ese Dr. Jeckyl, respetable y universalmente alabado, que es Vargas Llosa. Pero antes de continuar, es necesario aclarar cuál es mi relación con la literatura de Vargas Llosa. A los catorce leí dos novelas cortas suyas, Los cachorros y Los jefes; la primera no me gustó y la segunda sí. En tiempos más recientes leí La Fiesta del Chivo, que me pareció una historia espectacular, pese a que en un pasaje se asoma brevemente el feo hocico de Varguitas, cuando afirma al pasar que Juan Perón es un dictador, como Trujillo (el Chivo al que hace referencia el título). También leí una excelente introducción que él escribió a la última edición en castellano de El corazón de las tinieblas, de Joseph Conrad, en donde no solo hace un análisis muy penetrante de la obra desde el punto de vista literario sino que también relata el contexto histórico del libro, narrando el genocidio llevado a cabo en El Congo por el rey Leopoldo II de Bélgica (1835-1909). En resumen: no idolatro a Vargas Llosa, pero es un tipo al que vale la pena leer.

Ahora bien, pasando a Varguitas, su visita a la Argentina para hablar en la Feria del Libro generó controversia, pues como todos saben Horacio González, director de la Biblioteca Nacional, escribió una carta a los organizadores del evento pidiéndoles que la ceremonia de inauguración no estuviera a cargo de él. La carta era extremadamente mesurada, diciendo con claridad:

No me mueve así ningún despecho ni deseo de limitar su voz —que no precisaba del Premio Nobel para ser justamente difundida—, al decirle que considero sumamente inoportuno el lugar que se le ha concedido para inaugurar una Feria que nunca dejó de ser un termómetro de la política y de las corrientes de ideas que abriga la sociedad argentina.

La reacción a la carta de González fue desproporcionada en todo sentido. Si uno se hubiera guiado por lo que decían los medios opositores, dicha carta equivalía a un escuadrón de Camisas Pardas irrumpiendo en el despacho del presidente de la Cámara del Libro y obligándolo a golpes a retirarle la invitación a Varguitas. Al final la presidenta CFK decidió cortar por lo sano, le pidió a González que retirara la carta y Varguitas vino tranquilamente a hacer turismo y dar su conferencia en la Feria del Libro, aunque sin inaugurarla (habló en el segundo día del evento). Tudo bem, tudo legal.

La conferencia fue un 60% de Vargas Llosa y un 40% de Varguitas. Es decir, un delicioso 60% dedicado a la literatura y un  40% de bajada de línea política. Y ese 40% fue mucho menos zarpado que lo que todxs esperábamos. Sin embargo, hay algo que no quisiera dejar pasar, que es su visión decadentista de la historia de nuestro país. El concepto de decadentismo lo usó el historiador Tulio Halperín Donghi al hablar de la corriente revisionista de la historiografía argentina. Para Halperín, los revisionistas eran decadentistas, en el sentido de que tomaban como punto de partida un “momento dorado” de la Historia argentina y construían su versión de los hechos basándose en la premisa de que desde ese momento el país había estado en una decadencia casi ininterrumpida. Para los revisionistas, en especial para uno de sus máximos exponentes, José María Rosa, el “momento dorado” había sido el período rosista (1829-1852), y desde la caída de Rosas el país había estado sometido al imperialismo —primero británico, luego estadounidense—, con algunos intervalos de gobiernos independientes, como el yrigoyenismo de 1916-1930 y el primer peronismo de 1943-1955.

Varguitas también narra la Historia argentina desde una perspectiva decadentista, pero para él el “momento dorado” no es de ningún modo el rosismo, sino el Centenario (1910). La Argentina del Centenario, afirma Varguitas, era un ejemplo para toda América Latina de crecimiento económico, de progreso, de vigor intelectual, etc. Y esa Argentina del Centenario se habría degradado a lo largo del siglo XX hasta llegar a la Argentina subdesarrollada de la actualidad. Varguitas tuvo buen cuidado de no identificar claramente qué factores, para él, son responsables de la decadencia argentina, pero como bien señala Mario Wainfeld en su columna de ayer, a la pregunta de “¿Cuándo se jodió la Argentina?”, Varguitas:

…se responde, valiéndose de elipsis, sin decirlo tampoco de este modo: cuando advinieron la democracia de masas, el sufragio universal, el Estado Benefactor.

Sorprende que alguien tan culto como Varguitas desconozca que la Argentina del Centenario era una caldera a punto de explotar. Las protestas obreras eran reprimidas sin excepción por las fuerzas de seguridad  y, si eran desbordadas, por las mismísimas FF.AA. Todas las movilizaciones terminaban con saldos de decenas de muertos a sablazos o balazos, incluyendo mujeres, niñxs y adolescentes. Ramón Falcón, jefe de la Policía Federal y responsable de muchísimos operativos de represión violenta en la ciudad de Buenos Aires, había sido asesinado por un anarquista en noviembre de 1909, y la agitación social fue tan grande que el gobierno de José Figueroa Alcorta declaró el estado de sitio y debió mantenerlo durante las celebraciones del Centenario, en mayo del año siguiente.

Si las condiciones de vida de la clase trabajadora eran malas en las grandes ciudades, en el Interior eran paupérrimas. En 1904 Juan Bialet Massé redactó un “Informe sobre el estado de las clases obreras argentinas”; Bialet Massé no era un socialista ni un revolucionario, sino un científico español contratado por el gobierno conservador de Julio Roca para recorrer el país y registrar la situación de los trabajadores argentinos. El informe describe rigurosamente los bajos salarios, el maltrato de los patrones, las jornadas inhumanas de trabajo, el empleo de mujeres y de menores de edad para tareas pesadas, y también sus efectos sociales: altas tasas de desnutrición, mortalidad infantil, enfermedades, etc.

Tampoco hay que olvidar que los gobiernos de la época del Centenario eran cualquier cosa menos liberales, al menos desde lo político. El fraude electoral se practicaba de manera sistemática para garantizar la permanencia del oficialismo en el poder. Debido a que el sufragio era público y voluntario, los electores podían ser amedrentados para que votaran a los candidatos del Gobierno, o bien se les podía impedir el voto. Debido a esa situación, los radicales organizaron revoluciones en 1890, 1893 y 1905, pues no veían otro remedio más que la toma del poder por medio de la violencia. Recién con la ley Sáenz Peña de 1912 se terminó con el fraude, al establecer el voto universal, secreto y obligatorio.

En resumen, la visión idílica de la Argentina del Centenario que sostiene Varguitas es pura sanata. También lo era la visión idílica de la Argentina rosista de los revisionistas, pero al menos esa visión, por más errónea que fuera, era —en las décadas de 1930 y 1960, que es cuando el revisionismo experimentó su auge— novedosa. Los revisionistas fueron los primeros en contradecir a la historiografía liberal, que pintaba al rosismo como una tiranía sanguinaria y oprobiosa, y si bien lo hicieron de una forma poco científica, sentaron las bases para un estudio más maduro de ese período por parte de los historiadores de la generación posterior.

Varguitas, en cambio, es cualquier cosa menos novedoso en su análisis. Esta especie de decadentismo liberal que él manifiesta es apenas una variante un poquito más sofisticada de los planteos de “intelectuales” como Marcos Aguinis —que, por cierto, parece que anda medio mal de salud últimamente— y otros de su calaña que en 2008 intentaron formar una especie de Carta Abierta antikirchnerista, el Grupo Aurora, hoy prácticamente olvidado. No hay nada nuevo bajo el sol…

Efecto Le Pen en Perú

Jean-Marie Le Pen

Keiko Fujimori

El domingo, como todos saben, en la hermana república del Perú —me encanta esa expresión— hubo elecciones. El militar “nacionalista de izquierda” (las comillas son imprescindibles, pues su auténtica ideología es, por ahora, enigmática) Ollanta Humala salió primero, mientras que Keiko, la hija del ex presidente pseudodemocrático Alberto Fujimori, salió segunda, y ahora parece que se repetirá lo que me gusta llamar el efecto Le Pen. ¿Qué es eso? Para responderlo hay que remontarse a Francia, casi nueve años atrás. En 2002 hubo elecciones presidenciales; en la primera vuelta ningún candidato obtuvo la mayoría absoluta y debieron pasar a segunda vuelta los dos candidatos más votados: el presidente Jacques Chirac, de centroderecha, que iba por su reelección, y Jean-Marie Le Pen, un viejo dirigente de ultraderecha, racista, judeófobo, negacionista del Holocausto, etc. O sea, lxs electorxs de izquierda francesxs se vieron forzadxs a elegir entre dos variantes de la derecha, una “civilizada” y otra salvaje. Debieron votar por Chirac, que logró triunfar en segunda vuelta con un amplio márgen.

Eso pasó en la Argentina en 2003, con Carlos Menem desempeñando el papel de Le Pen y Néstor Kirchner el de Chirac (con la diferencia de que aquí nuestro Le Pen no se animó a ser vapuleado en la segunda vuelta y se bajó de la candidatura), y parece que lo mismo, aunque con atenuantes, ocurrirá en Perú. Muchxs votantes peruanxs de centro y de derecha desconfían profundamente de Ollanta Humala, pero el espanto que les genera la posibilidad del regreso indirecto al poder de Fujimori (un hombre que disolvió el Congreso, condujo a su país a una guerra fratricida con Ecuador y cometió crímenes de lesa humanidad) es tan grande que lxs forzará a votar, tapándose la nariz, por Humala. Ahora bien, si yo fuera un peruano de derecha —dos cosas que no soy—, opinaría que la estrategia más lúcida no sería votar por Humala o Fujimori, sino impulsar el voto en blanco.

La elección del domingo mostró una gran atomización política. Aparte de Humala y Fujimori, hubo otros tres candidatos que obtuvieron un importante caudal de sufragios. Si quienes votaron a esos tres candidatos votaran en blanco masivamente en la segunda vuelta, y tanto Humala como Fujimori conservaran sus votantes, el resultado sería una victoria de Humala (la diferencia de votos entre la hija de Fujimori y él fue importante y sería difícil de revertir), pero con un gobierno que nacería débil y sería incapaz de impulsar transformaciones demasiado radicales. Sin embargo, esto no va a pasar. Lo más probable es que Humala, como Chirac, le dé una paliza electoral a Fujimori en la segunda vuelta y asuma bastante fortalecido. Pero como dije antes, no soy de derecha, así que no es algo que me quite el sueño.

“Interiores” (1978)

Woody Allen es un director de cine célebre por sus comedias románticas, generalmente protagonizadas por personajes neuróticos y con escasa o nula suerte con las mujeres —casi siempre encarnados por él mismo—. No obstante, no se trata simplemente de comedias livianas y pasatistas: siempre hay en ellas una gran cantidad de interrogantes significativos sobre la vida y la muerte, sobre el amor, sobre la familia, sobre la culpa y muchos otros temas.

En las escasas ocasiones en que Allen abandona la comedia y aborda el género dramático, esas preguntas aparecen con muchísima más claridad. La película sobre la que quiero hablar ahora es Interiores. Filmada en 1978, fue el primer drama de Allen, y, si no me equivoco, el primer largometraje en el cual él no interpretó a ningún personaje.

Interiores cuenta la historia de una familia compuesta por el padre, Arthur (E. G. Marshall) y la madre, Eve (Geraldine Page), un abogado y una decoradora de interiores, ambos muy exitosos en sus respectivos trabajos, y por sus tres hijas, Renata (Diane Keaton), Joey (Mary Beth Hurt) y Flyn (Kristin Griffith). Tras muchos años de matrimonio, Arthur inesperadamente se separa de Eve, y esa separación hace que todas las tensiones de la familia salgan a la luz. La relación entre las hijas entre sí y con sus padres es puesta en tela de juicio, así como el vínculo entre Renata, Joey y sus respectivos maridos. La situación se vuelve aún más conflictiva cuando Arthur anuncia sus intenciones de divorciarse de Eve y casarse con otra mujer, Pearl (Maureen Stapledon).

Si hay algo que caracteriza a Interiores es su austeridad. La iluminación de todas las escenas es muy fría, los colores de la ropa de los personajes son sobrios (con la notoria excepción de Pearl, que aparece siempre usando colores vivos como el rojo o el rosa, sin duda simbolizando que ella es capaz de brindarle a Arthur la felicidad que Eve —que aparece en su primera escena vestida de un color que ella misma define como “hielo gris”— no podía darle, pese a ser mucho menos inteligente y sofisticada) y solo hay música en una escena de la película.

Es muy sorprendente que Allen haya tomado el riesgo de dirigir una película como Interiores en ese tramo de su carrera; hay que recordar que su primer film fue estrenado en 1966, y que si bien en los ’70 había tenido ya grandes éxitos como Bananas, Todo lo que usted siempre quiso saber sobre el sexo (pero no se animó a preguntar) y Annie Hall, aún estaba muy lejos de convertirse en un director consagrado. También hay que señalar que de la misma manera que en Stardust Memories (1980) se puede advertir la influencia del cine de Federico Fellini sobre Allen, Interiores está impregnada de elementos típicos de las películas de Ingmar Bergman, otro director a quien Allen admira profundamente y a quien volvería a homenajear una década después en Otra mujer (1988).

En suma, si bien la historia es realmente desgarradora, creo que es una película que merece ser vista. Si tuviera que calificarla, le pondría un 10, sin dudar. Se la puede descargar en este post de Taringa!, que contiene la filmografía completa de Allen. Les recomiendo que se apuren antes de que venga la patrulla del copyright a dar de baja los links :D

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