Pompeyo y Julia

Dibujo de Julia, por Colleen McCullough

Pese a que pasó a la Historia como uno de los dirigentes políticos más promiscuos de Roma —no por nada lo llamaban “el hombre de todas las mujeres y la mujer de todos los hombres”—, y pese a haber estado casado cuatro veces, el dictador Cayo Julio César solamente tuvo una hija legítima, Julia. Esto marca un curioso contraste con su primo Marco Antonio, quien también fue célebre por su gran cantidad de amantes y también tuvo cuatro esposas, pero dejó un total de cinco hijos legítimos —una con su segunda esposa y prima, Antonia Híbrida, dos con su tercera esposa Fulvia y dos con su cuarta esposa Octavia— y tres “ilegítimos” con la reina Cleopatra.

Julia nació aproximadamente en el 83 a. C., y fue hija del segundo matrimonio de su padre, con Cornelia, la hija de Lucio Cornelio Cinna. Todo indica que Cornelia fue la esposa a quien César más amó. Y demostró su amor en dos momentos de su vida. El primero fue cuando, al poco tiempo de convertirse en dictador, Lucio Cornelio Sila le exigió a César que se divorciara de ella. Cinna, el padre de Cornelia, había sido uno de los cabecillas de la facción popular, enemiga de la facción optimate liderada por Sila, y el dictador, habiendo vencido a los populares en la guerra civil, quería eliminar cualquier posibilidad de que aquella facción resurgiera de sus cenizas. César, que además de yerno de Cinna era sobrino de Cayo Mario, el otro gran líder popular, representaba una potencial amenaza; si se divorciaba de Cornelia dejaría de ser yerno del difunto Cinna y demostraría públicamente su lealtad al régimen de Sila. No obstante, el joven César se rehusó a abandonar a su mujer, y de no ser por la intervención de sus amigos y familiares, que gozaban de cierta influencia sobre Sila, habría terminado ejecutado.

La segunda ocasión en la cual César manifestó su gran amor por Cornelia fue cuando ella murió dando a luz a su segundo hijo, un varón que nació muerto, en el 68 a. C. La costumbre romana para cuando una mujer joven como Cornelia moría era realizar una ceremonia privada y discreta; solo las matronas más famosas, respetables y de edad avanzada recibían funerales públicos. Pero César insistió en que su mujer debía tener un funeral con todos los honores, y cuando subió a la tribuna a dirigirse a la multitud para pronunciar la oración fúnebre, no ocultó su inmenso dolor por la pérdida que había sufrido. César, en ese momento una estrella ascendente de la política romana, corría un gran riesgo al manifestar de esa forma su pesar; el pueblo podría haberlo tomado como una muestra de debilidad de su parte. Sin embargo, la respuesta del público fue más positiva, compadeciéndose por César y por la pobre Cornelia.

Dibujo de Marco Junio Bruto, por Colleen McCullough

Tras la muerte de su madre, Julia fue criada por su abuela paterna Aurelia. En algún momento antes del año 59 César la casó con un tal Quinto Servilio Cepión. Algunos autores sostienen que ese Cepión no era otro que Marco Junio Bruto, el futuro asesino del propio César, quien durante su juventud se convirtió en hijo adoptivo y heredero de su tío materno Quinto Servilio Cepión, y pasó a llamarse Quinto Servilio Cepión Bruto (aunque años más tarde abandonó ese nombre y volvió a usar el de Marco Bruto). Sin embargo Suetonio, el único historiador antiguo que menciona este primer matrimonio de Julia, también afirma que Cepión era un estrecho aliado de César, y Bruto comenzó y desarrolló casi toda su carrera política bajo el patrocinio de su otro tío materno, Marco Porcio Catón el Joven, uno de los enemigos más acérrimos del futuro dictador, por lo que me parece improbable que el Cepión que menciona Suetonio sea Bruto.

Dibujo de Gneo Pompeyo Magno, por Colleen McCullough

Lo que está claro es que el matrimonio de Julia con ese misterioso Cepión terminó en el año 59, cuando César decidió fortalecer su alianza con Gneo Pompeyo Magno mediante un vínculo familiar. Pero antes de hablar de esto, quisiera mencionar los antecedentes del propio Pompeyo.

La primera esposa de Pompeyo se llamaba Antistia. Su padre era un magistrado que actuaba como juez en una causa en la que Pompeyo era acusado de robo. Para salvarse de la condena, Pompeyo se casó con la hija del juez, y así logró ser absuelto. Cuando se anunció el veredicto en el tribunal, se supone que el público exclamó burlonamente “¡Felices nupcias!”. Cuando estalló la guerra civil, Pompeyo se unió al bando de Sila y obtuvo varios éxitos militares en Italia y en África. Temiendo que el joven general pudiera convertirse en un rival, Sila le pidió que se divorciara de Antistia y se casara con su hijastra, Emilia, para así incorporarlo a su familia. Pompeyo accedió de inmediato, pues el padre de Antistia había sido asesinado durante la guerra civil y la unión con ella ya carecía de utilidad. Además, Emilia era una patricia, de un linaje muy superior al de su primera esposa. Sin embargo, el enlace duró poco. Emilia, que estaba embarazada de un hijo de su ex marido cuando se casó con Pompeyo, murió dando a luz.

La tercera esposa de Pompeyo fue Mucia. Este matrimonio se produjo no mucho después de la muerte de Emilia. Para ese entonces la relación entre Sila y Pompeyo se había deteriorado. Sila acababa de renunciar a su cargo de dictador, pero quería conservar su influencia sobre el gobierno de Roma haciendo elegir como primer cónsul a Quinto Lutacio Cátulo. Pompeyo, en cambio, apoyó la candidatura de Marco Emilio Lépido, un político que había permanecido neutral durante la guerra civil y era bastante crítico de las reformas llevadas a cabo por Sila como dictador. En el contexto de este distanciamiento entre ambos líderes, no es extraño que Pompeyo haya elegido como nueva esposa a Mucia. El padre de Mucia, Quinto Mucio Scévola, había sido Sumo Pontífice y partidario de los populares, y su primer marido había sido Cayo Mario el Joven, hijo de Mario, a quien mencioné arriba como líder de la facción vencida. Tras matar a su marido, Sila le prohibió a Mucia volver a casarse, pero Pompeyo desafió al dictador convirtiéndola en su esposa.

Pompeyo estuvo casado con Mucia más tiempo que con sus otras esposas, y ella le dio dos hijos, Gneo y Sexto, y una hija, Pompeya. Pero las frecuentes ausencias de Pompeyo debido a todas las campañas militares que realizó fuera de Italia —en España contra Sertorio, en el Mediterráneo contra los piratas, en Oriente contra Mitrídates VI— hicieron que el amor de Mucia por su marido desapareciera, y comenzó a serle infiel. Entre sus amantes parece que estuvo el propio César. Cuando Pompeyo volvió de su última campaña y supo lo que Mucia había hecho, se divorció de ella.

Y así llegamos al año 59 a. C. Para ese entonces Pompeyo, que era considerado el general más grande de su tiempo, había decidido establecer una alianza con Marco Licinio Craso —a quien mencioné en la entrada anterior como el responsable de aplastar sangrientamente la rebelión de Espartaco— y con César. Dicha alianza pasó a la Historia con el nombre de Primer Triunvirato (el Segundo fue el que formaron Marco Antonio, Octaviano y Lépido más de diez años después), y consistía en una unión entre el prestigio militar de Pompeyo, la influencia económica de Craso y el carisma de César ante las masas. Estos tres hombres dominaron la política romana durante más de un lustro. Pero César, como Sila antes que él, quería vincular a Pompeyo a su familia, y por eso decidió pedirle a Julia que se divorciara de Cepión, y casarla con su nuevo aliado Pompeyo.

El casamiento se celebró en abril del año 59. Me gustaría explicar un poco cómo se celebraban las bodas en Roma; si se aburren pueden saltearse éste párrafo y el que sigue. El mes más propicio para las bodas era el de junio, pues era el mes dedicado a la diosa Juno, esposa de Jupiter, pero esto no significa que casarse en cualquier otro de los once meses fuera de mala suerte. El día señalado, el novio, sus familiares, amigos y clientes se dirigían en procesión hacia la casa de la novia, donde se realizaba la ceremonia. La novia se vestía con una túnica blanca, un cinturón de lana llamado cingulum herculeum y un velo color azafrán llamado flammeum. Su cabello iba peinado en seis trenzas, y llevaba una diadema de hierro. La novia unía su mano a la del novio en presencia de varios testigos, en lo que se conocía como la dextrarum iunctio. Luego se sacrificaban animales y posteriormente había un banquete con bailes y música.

Ceremonia de la "dextrarum iunctio".

La ceremonia continuaba con una procesión, esta vez de la casa de la novia a la del novio. Caminaba delante de los novios un chico llevando una antorcha que había sido encendida con fuego de la casa del novio. Al llegar a la puerta de la vivienda, el chico arrojaba la antorcha al aire, y se creía que aquel invitado que lograra atraparla gozaría de una vida larga y próspera; como habrán deducido, en esa parte de la ceremonia está el origen de nuestra costumbre de que la novia arroje el ramo al aire en su boda. Antes de entrar a la casa, la novia untaba las jambas de la puerta con aceite y las adornaba con cintas de lana. Así, traspasaba el umbral como la nueva señora (domina) del hogar (domus), y para confirmar esto, debía pasar simbólicamente las manos por el fuego y el agua de la casa; ambos elementos representaban un papel muy importante en la vida de los romanos, y cuando un ciudadano romano era desterrado, la condena incluía la prohibición de recibir fuego y agua en toda Italia. Luego era conducida al dormitorio matrimonial por dos damas de honor, que debían ser mujeres casadas, y que la ayudaban a desnudarse. Cuando estaba preparada, el novio se dirigía a la habitación, y —se suponía— hacían el amor por primera vez, consumando el matrimonio.

A pesar de que Pompeyo era más de veinte años mayor que Julia, el matrimonio entre ambos fue muy feliz. Pompeyo estaba apasionadamente enamorado de su joven esposa, y ella de él. Cuando en el año 58 le ofrecieron la gobernación de España, Pompeyo no quiso abandonar Italia y a su adorable Julia, por lo que envió a dos de sus lugartenientes a gobernar la provincia en su nombre. Más adelante, habiendo sido reelecto cónsul en el año 55, Pompeyo construyó un nuevo Teatro en Roma al que bautizó con su propio nombre, pero no olvidó instalar en él un templo a Venus Victrix (“la Venus Victoriosa”) para homenajear a Julia, cuya familia afirmaba descender de aquella diosa a través de su hijo, el héroe troyano Eneas. Fue Julia la que se ocupó de aliviar las tensiones entre su marido y su padre César, quien al concluir su consulado en el 59 había marchado a realizar su célebre Guerra de las Galias, y estaba empezando a opacar con sus victorias la fama de Pompeyo como general. La felicidad doméstica que le brindaba Julia permitió que Pompeyo se despreocupara y no albergara celos hacia su suegro.

La influencia benéfica de Julia sobre Pompeyo desapareció trágicamente en el año 54 a. C. Para ese momento la situación política en Roma era peligrosísima. Dos caudillejos llamados Publio Clodio y Tito Annio Milón competían por el poder, y habían recurrido a la violencia callejera como una forma de dirimir su disputa. Había bandas armadas que respondían tanto a Clodio como a Milón y que se ocupaban de amedrentar e incluso asesinar a los miembros de las facciones rivales. La violencia fue escalando hasta tal punto que los asesinatos ya no se producían en zonas marginales de la ciudad sino en el propio Foro romano. Pompeyo había optado por respaldar a Milón, y eso lo había convertido en un potencial blanco de las pandillas de Clodio, lo cual debe haber llenado a Julia de preocupación. En una ocasión en la que Pompeyo estaba ocupándose de algunos asuntos en el Foro, se produjo una gresca entre partidarios de Milón y de Clodio, y un hombre fue apuñalado tan cerca de Pompeyo que su toga quedó empapada de sangre. Pompeyo le dio la toga a un esclavo y le pidió que fuera a su casa a traerle otra limpia. El esclavo, que había visto el asesinato y había quedado muy impactado, entró a la casa de Pompeyo sosteniendo la toga ensangrentada de su amo y no atinó a explicar nada. Julia, que estaba embarazada, creyó equivocadamente que su amado esposo era quien acababa de ser asesinado; debido a la impresión, comenzó bruscamente su parto, y murió no mucho después. Su pequeño hijo no tardó en seguirla a la tumba.

Dibujo de Cayo Julio César el Dictador, por Collen McCullough

La noticia llenó de pesadumbre tanto a Pompeyo como a César, quién sentía un gran afecto por su hija a pesar de haberla empleado como herramienta política. El futuro dictador se enteró de lo sucedido cuando estaba dirigiendo su audaz, aunque poco exitosa, campaña en Gran Bretaña, y según Séneca tardó tres días en poder recuperarse del dolor y continuar con las operaciones militares. Pompeyo, por su parte, fue quien debió ocuparse del funeral. Se propuso que sus cenizas fueran sepultadas en el Campo de Marte, en homenaje al hecho de que Julia era hija y esposa de dos grandes generales, pero el cónsul Lucio Domicio Enobarbo, enemigo de César y Pompeyo, se opuso y logró impedir que el Senado emitiera el decreto necesario para autorizar dicha sepultura. Sin embargo, el día del funeral, miles de romanos literalmente invadieron el Foro, tomaron la urna con las cenizas de la muchacha y la depositaron en el Campo de Marte, donde más tarde se le construyó una hermosa tumba. Así demostraron su gran amor por Julia.

La muerte de Julia eliminó el vínculo familiar entre César y Pompeyo. César no tardó en comprender que era necesario conservar su alianza con él, y le propuso tomar por esposa a su sobrina-nieta Octavia, la hermana del futuro emperador Augusto, pero Pompeyo se rehusó. Su quinta y última esposa fue Cornelia, hija de Quinto Cecilio Metello Escipión. Escipión era uno de los más prominentes miembros de la facción optimate, enemiga de César, y el matrimonio significó la ruptura de la alianza entre ambos generales, que poco después se enfrentaron en una guerra civil. Derrotado por César en la batalla de Farsalia, Pompeyo escapó a Egipto, donde fue asesinado.

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3 comentarios

  1. Cielos!!! Siempre me siento perdida entre tanto nombre repetido… Las historias familiares romanas son más enrevesadas que lo que pudiera inventar cualquier guionista de telenovelas.
    Lo único que me queda claro es que aún en la antigua Roma, existía el amor y un hombre que realmente amara a su mujer sabía tener el coraje para demostrarlo.
    Pero hay algo que me llama la atención. Se podría decir que los romanos se casaban y descasaban tanto como en la sociedad actual (quizá más, y eso que vivían menos), así que el divorcio actual ¿es un avance social o un retroceso? ¿es signo de evolución o de involución? Como sea, llega a resultar extraño que pasen como dos mil años sin divorcio (aún con la explicación del catolicismo) en occidente, para volver a las antiguas relaciones matrimoniales romanas.
    A veces el ser humano es un chiste…

    Saludos, Martín. 🙂

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  2. me gustan tus posts históricos

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