La boleta única

Últimamente se debate mucho la posibilidad de reemplazar el sistema actual de votación con boletas partidarias múltiples por un sistema de boleta única, que este año ya se implementó en las provincias de Santa Fe y Córdoba. Los opositores, que obtuvieron en las elecciones de junio de 2009 mayoría en ambas Cámaras —aunque luego la perdieron en el Senado— y nunca se molestaron en emplearla para cambiar el sistema de boletas, son los que ahora lo piden. Su pretexto es que la boleta única daría más transparencia a los comicios, impidiendo el robo de boletas y otras “picardías” electorales que suelen ocurrir. La verdadera razón es que la boleta única, al eliminar el “efecto arrastre”, les permitiría “salvar la ropa” a sus candidatos a legisladores y gobernadores, que no se verían tan perjudicados por la baja performance de los candidatos presidenciales opositores a cuyas boletas van adosados.

Yo, personalmente, estoy a favor de la implementación de la boleta única, por varios motivos.

  • El primero y más obvio es que se impide el robo de boletas. Cuando el elector va a votar, la autoridad de mesa es quien le entrega la boleta, con lo cual —si todas las candidaturas están impresas en ella— no existe la posibilidad de que no pueda encontrar la opción que le interesa.
  • También se termina la práctica de ciertas fuerzas políticas de distribuir boletas falsas de sus adversarios, que luego son anuladas durante el recuento de votos.
  • Se pone fin al negocio de la impresión de boletas; en los últimos años se descubrió que muchos pequeños partidos son creados exclusivamente para recibir los fondos que el Estado aporta para la confección de las boletas. Como el Estado pasaría a encargarse exclusivamente de fabricarlas, eso ya no sería posible. Hay que señalar, sin embargo, que en Santa Fe la fabricación de las boletas únicas que se emplearon en los comicios de mayo y julio de este año quedó en manos de la empresa AGL, ligada al grupo Clarín; el gobierno provincial le adjudicó el negocio pese a que otra empresa, Boldt, había presentado una oferta más barata. Así que habría que observar con atención a qué empresas se adjudica la tarea, si se la implementa a nivel nacional.
  • La boleta única también garantiza que todos los competidores tendrán el mismo espacio y visibilidad. Los partidos políticos han recurrido en los últimos años a las “listas espejo” —la misma lista se repite en varias ocasiones, presentada por distintos partidos— y colectoras —la boleta de un partido para un cargo se repite porque es acompañada para otro cargo por listas de diversos partidos— para lograr que sus boletas sean más visibles en el cuarto oscuro que las de sus rivales. Al fijar un espacio equitativo dentro de las boletas para cada partido o alianza, estas prácticas dejan de tener sentido.
  • Con el sistema de la boleta única, el elector debe hacer un voto específico para cada uno de los cargos (presidente y vicepresidente, senadores, diputados y, eventualmente, legisladores para el Parlamento del MERCOSUR). Ello implica una evaluación y decisión menos apresurada y más autónoma por parte del votante.

En mi opinión, el sistema de boleta única no es ideal, ni es la solución para todos los problemas que se presentan en las elecciones. El conteo de los votos es aún más lento que con el sistema actual, se pueden anular los votos de los rivales agregando una marca a la boleta, y sigue siendo muy necesario que los partidos sean capaces de proveer el número suficiente de fiscales para garantizar que no haya irregularidades durante el acto electoral. Pero sí creo que el sistema de boletas múltiples se ha vuelto insostenible.

Ahora bien, me parece totalmente irresponsable por parte de los opositores plantear la necesidad de cambiar el sistema a menos de dos meses de la elección general de octubre. Se trata de una modificación profunda, que requiere mucho tiempo de preparación, tanto por parte de las autoridades que deberán aplicarla como del electorado. Estamos hablando de terminar con un sistema de votación que se viene usando desde 1912. Hoy mismo, en un diario que no puede calificarse para nada de kirchnerista como La Nación, se publicó esta columna en la que señalan:

Las reglas electorales no deben ser objeto de discusión durante el proceso eleccionario. Hay al menos cuatro argumentos que apoyan esta postura.

Uno: que genera inequidad en la competencia, al otorgar incertidumbre a los actores políticos (en asimétricas condiciones de cambiar las reglas).

Dos: hace ineficiente e ineficaz la administración electoral (en criollo, se gasta más para un proceso electoral de menor calidad).

Tres: quita la atención durante la campaña de los temas que sería más productivo debatir (una agenda programática).

Cuatro: si bien la discusión sobre las reglas electorales siempre es de naturaleza política, se vuelve más cortoplacista y menos informada.

Lo único que puedo añadir a esa excelente columna es esto: cuando el oficialismo quiso reformar el sistema electoral, con la creación de las Primarias Abiertas, Simultáneas y Obligatorias (PASO), lo hizo a fines de 2009, cuando ya las elecciones habían pasado y faltaban dos años para las siguientes. El kirchnerismo actuó entonces con gran responsabilidad, dando tiempo a la sociedad para que se fuera informando sobre los cambios que implicaban las PASO. ¿Por qué no pueden hacer lo mismo los opositores?

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