Edith Wilson, la presidenta de EE.UU.

Woodrow y Edith Wilson

Woodrow Wilson (1856-1924), fue el 28° presidente de los Estados Unidos, gobernando entre 1913 y 1921. Durante su mandato, EE.UU. intervino en la Primera Guerra Mundial, abandonando la política, seguida desde tiempos de George Washington, de no participar en conflictos europeos, y permitiendo la derrota de los llamados imperios centrales (Alemania, Turquía y Austria-Hungría); paradójicamente, recibió el Premio Nóbel de la Paz en 1919. Bajo su gobierno —considerado el último de la “era progresista” iniciada en 1901 con la asunción como presidente de Theodore Roosevelt— se dictaron leyes antimonopolio, y se estableció, en 1920, el sufragio femenino.

Lo que pocos saben es que, durante varios meses de su presidencia, no fue Wilson quien gobernó el país, sino su segunda esposa, Edith.

Edith Bolling, hija de un juez de Virginia, nació en 1872; a través de su padre, ella no solo era descendiente directa de la famosa princesa indígena Pocahontas, sino que también tenía un parentesco con Martha Dandridge Custis, la esposa de Washington. En 1896 se casó con un próspero joyero llamado Norman Galt y se fue a vivir a Washington D.C., donde pasó a ser una de las señoras más respetadas de la alta sociedad. En 1903 dio a luz a un hijo que murió a los pocos días, y las complicaciones que sufrió durante el parto la dejaron incapacitada para tener más hijos. En 1908 murió su esposo, pero ella logró mantener su joyería a flote.

En marzo de 1915, la viuda Galt conoció al presidente Wilson —cuya primera esposa, Ellen, había muerto en agosto del año anterior— en la Casa Blanca. Wilson, de cincuenta y ocho años, se enamoró de Edith, de cuarenta y tres, a primera vista; la consideró bonita, inteligente y encantadora. Cuando la noticia de que el presidente estaba enamorado de Edith Galt se difundió en el mundillo político washingtoniano, comenzaron a correr rumores de que en realidad Wilson y Edith habían sido amantes en vida de Ellen Wilson, e incluso de que Edith la había envenenado para poder convertirse en la Primera Dama. Wilson, que ya le había propuesto matrimonio a Edith —propuesta que ella aceptó de inmediato—, le ofreció la posibilidad de cancelar el compromiso, para evitar que los rumores siguieran dañando su buen nombre, pero Edith se rehusó, diciendo que su amor por él le importaba mucho más que el honor. El compromiso también debió enfrentar las resistencias de los propios asesores políticos de Wilson, quienes consideraban que el puritano electorado estadounidense —hay que recordar que Wilson planeaba presentarse a la reelección en 1916— no vería con buenos ojos que su presidente se volviera a casar tan poco tiempo después de haber enviudado.

La pareja contrajo matrimonio en diciembre de 1915, en una pequeña ceremonia celebrada en la casa de Edith a la que asistieron apenas cuarenta invitados, amigos íntimos de Edith y Wilson. Tras pasar su luna de miel dos semanas en Virginia, retornaron a la capital.

Como Primera Dama, Edith se propuso ocupar un rol político mucho más predominante que el de las anteriores esposas de los presidentes. En primer lugar, hizo todo lo posible por alejar al presidente de todos aquellos asesores que le habían desaconsejado casarse con ella. Además, insistió en mantenerse informada sobre los asuntos de Estado, en especial los relacionados con la marcha de la Primera Guerra Mundial; Edith, además, aprovechó la entrada del país en el conflicto, y las ulteriores leyes de racionamiento que se dictaron, como excusa para suspender casi todos los eventos sociales de la Casa Blanca, en los cuales ella estaba obligada a desempeñar el agobiante rol de anfitriona. Otra de las curiosas medidas de austeridad que tomó fue utilizar a un rebaño de ovejas para comerse el cesped de la Casa Blanca, en lugar de contratar jardineros; la lana de las ovejas luego era donada a organizaciones caritativas.

Cuando terminó la guerra, Edith viajó a Europa con el presidente, algo que no tenía precedentes, al menos en visitas oficiales. En el Viejo Continente la Primera Dama no se limitó a acompañar al presidente, sino que también realizó visitas por su cuenta a hospitales y cuarteles estadounidenses. Por cortesía del premier francés Georges Clemenceau, ella pudo asistir a la sesión de la conferencia de paz en la cual Wilson presentó su plan para crear la Sociedad de las Naciones.

En septiembre de 1919, durante una gira por el interior de EE.UU. promoviendo la Sociedad de las Naciones, Wilson cayó gravemente enfermo y tuvo que se llevado a Washington, donde en octubre sufrió un derrame que lo dejó paralizado en la mitad izquierda de su cuerpo, y ciego en el ojo izquierdo. Por varios meses debió andar en silla de ruedas, y luego solo podía caminar con la ayuda de un bastón. Edith fue quien se hizo cargo de la situación a partir de entonces. En primer lugar, se rehusó a permitir que Wilson renunciara a la presidencia, en parte porque no confiaba en el vicepresidente Thomas Marshall, y en parte porque creía que la renuncia sería un cruel golpe anímico para Wilson, y que podría empeorar aún más su estado de salud.

Edith se aseguró de que el público estadounidense desconociera por completo la gravedad del estado del presidente, y para eso hizo que el periodista Louis Seibold publicara una falsa entrevista con Wilson. Ni siquiera los miembros del Gabinete y el vicepresidente sabían la verdad, porque Edith les impedía visitarlo. Edith comenzó a ejercer, de facto, la presidencia del país. Era ella quien decidía qué decretos presentarle a su marido para que los firmara, y qué decretos quedaban cajoneados. Este “cerco” al que sometió al presidente duró desde su derrame en octubre de 1919 hasta abril de 1920, cuando Wilson se recuperó lo suficiente como para poder reunirse nuevamente con su Gabinete.

Al concluir su mandato en 1921, Wilson y Edith abandonaron la Casa Blanca y se mudaron a una elegante vivienda ubicada en la llamada “Calle de las Embajadas” de la capital estadounidense. Wilson falleció en febrero de 1924, y fue enterrado en la Catedral Nacional de Washington. Un detalle inusual, que demuestra lo mucho que el presidente amaba a su esposa, es que en su testamento Wilson estipuló que prácticamente toda su fortuna pasaría a Edith, y que solo después de la muerte de ella las tres hijas que había tenido con Ellen, Margaret, Jessie y Eleanor, podrían recibir y dividirse la herencia; además, estableció que si Edith volvía a casarse y tenía hijos, esos hijos tendrían los mismos derechos a la herencia que sus hijas.

En sus Memorias, publicadas en 1938, Edith intentó quitarle importancia al rol político que había desempeñado durante la enfermedad de su esposo. En enero de 1961 fue invitada a la asunción presidencial de John F. Kennedy. El 28 de diciembre de ese mismo año, el mismo día en que tenía planeado asistir a la inauguración del Puente Woodrow Wilson, ubicado sobre el río Potomac y que une a Maryland y Virginia, y el mismo día en que Wilson hubiera cumplido ciento cinco años, Edith murió de un ataque cardíaco. Tenía ochenta y nueve años.

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