Isabel II y sus hijos

Este año Isabel II, la reina británica, celebró su Jubileo de Diamante (60 años en el trono). Recientemente encontré un artículo de The Telegraph publicado en 2002, durante el Jubileo de Oro de la monarca, donde hablan de uno de los aspectos menos explorados de su reinado, la relación con sus hijos Carlos, Ana, Andrés y Eduardo. A continuación, mi traducción:

“Una vez estaba con la reina y el príncipe Felipe cuando hablaron muy francamente de la desesperación que sentían por sus hijos”, recordó un ex cortesano. “‘¿En qué nos equivocamos?’, le preguntó la reina a Felipe, ‘¿y qué podemos hacer ahora? Carlos ya tiene cuarenta años’. Ella siente una culpa tremenda por el hecho de que su trabajo la alejó hacia otras direcciones, y que ha sacrificado su vida familiar por su país.

Incluso algunos de sus admiradores más leales temen que su sentimiento de culpa pueda estar justificado. “Si la reina”, dijo con ironía uno de sus ex secretarios privados, “se hubiera tomado por la crianza de sus hijos la mitad de las molestias que se ha tomado por la crianza de sus caballos, la Familia Real no estaría metida en tantos líos ahora.”

“Era muy fácil para ella decir: ‘Tengo dos cajas rojas llenas de documentos de Whitehall que debo revisar. Es mi obligación constitucional, y prefiero hacer eso antes que arriesgarme a discutir con mis hijos, mi hija, mi marido o mi madre’. Ella no dedicó suficiente tiempo a la familia”.

Uno de los ex secretarios privados del príncipe Carlos estuvo totalmente de acuerdo. “Si ella pasara menos tiempo leyendo esas idiotas cajas rojas —¿para qué?, uno se pregunta— y se hubiera ocupado más seriamente de ser una esposa y madre, habría sido mucho mejor. Sí, ella puede manejar muy bien a los primeros ministros, pero no puede ocuparse de su hijo mayor, ¿y quién es el más importante?

Como monarca, el desempeño de la reina ha sido casi impecable. Como madre, no obstante, ella ha sido a menudo menos que adecuada, de acuerdo con muchos que la conocen bien. Durante mucho tiempo, dicen, ella ha estado tan distanciada de las vidas de sus hijos que ha parecido una figura decorativa.

“Muy, muy deficiente, me temo”, dijo un cortesano recientemente retirado con tristeza. Lejos de darle a sus hijos la firmeza y la orientación que tanto necesitaban en momentos cruciales de sus vidas, él opinaba que ella no había hecho absolutamente nada. Y al no tomar bajo su ala al príncipe Carlos tanto como su hijo como su heredero, según cortesanos de lealtad indiscutible, ella posiblemente ha vuelto más inseguro el futuro de la monarquía; una actitud asombrosamente negligente por parte de una mujer tan inspirada en la idea de su propia misión divina.

Hay algunos que la defienden vigorosamente contra la acusación de haber sido una madre fría en los primeros años. “Simplemente no es cierto que ella haya descuidado al príncipe Carlos”, dijo Lady Elizabeth Cavendish, una de las damas de compañía de la princesa Margarita. “La gente de mi clase social tenía niñeras, pero yo pasé mucho tiempo en Sandringham durante esos primeros años y ella no era para nada fría con él. Ella solía asistir a picnics durante los cuales él era el centro de atención; ella lo adoraba. La idea de que haya sido una madre fría es ridícula.”

Sin embargo, algunos hijos de viejos cortesanos que iban al palacio de Buckingham para jugar con Carlos y la princesa Ana sentían una marcada frialdad en su relación con su madre, que les parecía muy extraña; y varios miembros de la Casa Real que pasaron virtualmente su vida laboral entera junto a la reina se llevaron exactamente la misma impresión.

“Ella realmente hacía muy pocas cosas con Carlos”, dijo uno. “Él pasaba una hora después del té con su mamá cuando ella estaba en el país, pero de alguna manera, hasta esos contactos carecían de calidez. La reina no es muy buena mostrando afecto. Si yo fuera el príncipe Carlos, pensaría que mi madre fue insensible. Ella siempre estaba cumpliendo sus deberes, y su padre siempre estaba bastante malhumorado por casi todo. Y el hecho es que ninguno de los dos estaba demasiado presente.

“Las niñeras hacían muchas más cosas con Carlos. Él tuvo una relación muy buena con Mabel Anderson, pero no era la misma que la que hay entre una madre y un hijo. Carlos debe haber estado atónito cuando supo cómo eran las relaciones madre-hijo de los demás.”

Ciertamente, los noticieros de la época muestran a menudo a un niñito que parece perdido y desorientado mientras su madre estrecha las manos de funcionarios, en vez de sostener la suya.

“Me temo que la reina es bastante fría y distante con sus hijos. No sé por qué”, dijo una de sus más antiguas damas de compañía. “Ella no es maternal de ninguna manera. La familia real no es como el resto de nosotros. Con el tiempo están más y más separados entre sí, en parte porque siempre están rodeados de sirvientes”.

El hecho de que Isabel llegó al trono siendo tan joven no ayudó en nada. Cualquier inclinación que pueda haber tenido a ser más maternal fue sofocada por una avalancha de nuevos deberes. De repente, esta mujer de 26 años, con dos hijos pequeños, fue lanzada a un mundo de hombres mayores y formidables, y cargada con las agobiantes responsabilidades de una jefa de Estado, con territorios en todo el globo.

“Al principio”, me dijo una vez Lord Charteris, su secretario privado favorito, “ella estaba aprendiendo el trabajo y tenía demasiado que hacer como para disfrutar de Carlos y Ana. Ella se fue en un tour de seis meses apenas un año y medio después de su ascenso al trono en 1952, dejando a los niños detrás.” Carlos tenía tres años, Ana aún no había cumplido los dos.

“Les dio una crianza terriblemente anticuada, típica de la clase alta. El estilo se remontaba a la preguerra, era realmente anacrónico. Y esa clase de familia jamás hablaba de sus problemas. ¡Oh, no, qué idea absurda! La reina, al igual que su madre, es muy mala en eso. En 30 años casi nunca la escuché hablar con franqueza de esas cosas. ¿Por qué? Oh, para mantener las apariencias pas devant les domestiques.”

La personalidad de la reina, como la de toda la clase alta, fue moldeada para un rol imperial. “Ella es una de esas personas profundamente carentes de emociones”, dijo Sir Anthony Jay, que escribió el guión del documental de la BBC Elizabeth R., “y, en los siglos cuando teníamos un Imperio, las clases altas tenían que formar una coraza que les permitía ser gobernadores generales de la India, o comisionados de distrito en Tanzania. Les daba equilibrio, desapego y una profunda frialdad.

“Para aquellos que están distanciados de sus emociones de esa manera, las instituciones se vuelven más importantes que las familias. Los hijos de la reina fueron entregados a niñeras, y tuvo lugar una especie de cauterización emocional. Algo fue sellado desde muy temprano. Para ella, eso es una fortaleza. Si estuviera involucrada emocionalmente, no podría hacer su trabajo. Pero quizá sus hijos crecieron sintiendo que estaban solos desde el principio.

“Siendo niños”, dijo uno de los ex secretarios privados de la reina, “no creo que sintieran que podían hablar con ella. Ella es tan fuerte, tan hierática, tan temerosa de sus emociones. Ellos captaron el mensaje que debían superar sus dificultades por su cuenta, y rápidamente.” En cierta manera, eran como niños abandonados que vivían en palacios.

La reina permitió que el príncipe Felipe fuera la fuerza dominante de la familia, y Felipe, que no tuvo hogar ni padres cuando crecía, esperaba que sus hijos se las arreglaran solos tal y como él lo había hecho. La reina dejó a los niños al cuidado de Felipe, y Felipe los dejó al cuidado de la vida.

“Él adoptó el punto de vista”, señaló una dama de compañía veterana, “que no servía tratar de moldearlos, que la única forma en que ellos aprenderían era hacerlo por sí mismo. Desde el principio, les dieron una tremenda libertad. Incluso cuando eran muy jóvenes, Carlos y Ana hacían su vida sin ninguna intervención de sus padres y, muy pronto, tenían sus propias oficinas, secretarios y agendas. Tanto la reina como el príncipe Felipe parecían poco interesados e involucrados. Normalmente no sabían lo que sus hijos estaban haciendo.

“Si alguno de ellos tenía un problema, no hablaban de él. No esperaban tener mucho que ver con las vidas privadas de los otros. Sus padres no tenían dificultades para dar consejos: ni siquiera querían que se los pidieran. Así que, debido a esa independencia temprana, se volvió más un club que una familia. No tenían mucho en común, y nunca desarrollaron el hábito de hablar entre ellos, excepto sobre las cosas más triviales.

“Carlos y Ana también deben haber pensado: ‘No molestemos a mamá, ella ya tiene demasiados problemas’. Y ella no hubiera esperado otra cosa. ¡No sientas pena por ti mismo! ¡Endurécete, no seas quejoso! La reina y el príncipe Felipe criaron a sus hijos con mucha dureza. Nunca llores cuando te lastimas, nunca hagas un alboroto, nunca digas ‘qué compromiso desagradable’.”

En esto, ellos reproducían precisamente el comportamiento de las generaciones anteriores de la familia real. Lord Harenwood, primo hermano de la reina y nieto de Jorge V, escribe que toda la familia de su madre reprimía sus sentimientos y evitaba discutir cualquier cuestión incómoda. Ellos nunca hablaban de amor y afecto, y lo que sentían el uno por el otro, sino más bien de deber y comportamiento. Él pudo haber dicho lo mismo sobre la reina madre y la reina.

Mientras pasaban los años, los cortesanos estaban asombrados por el poco interés que la reina y el príncipe Felipe parecían tener por lo que sus hijos hacían. Cuando el príncipe Carlos fue a Australia durante un año, a los 17, la reina ni siquiera conocía a la esposa del líder de escuadrón David Checketts, en cuya casa él iba a vivir.

“Dice mucho sobre la actitud de la familia real hacia la paternidad”, señaló un cortesano, “que estuvieran dispuestos a dejar que David y su esposa fueran a Australia para albergar a Carlos, sin siquiera haber conocido a Leila. Yo nunca dejaría que un hijo mío viajara 30 mil kilómetros para vivir con una familia sin conocer a la esposa. ¿Cómo sabían si no era una alcohólica o una ninfómana?”.

Más tarde, cuando Carlos estaba en la Marina, parecían estar igualmente desinformados sobre lo que estaba haciendo. “Una vez estaba cenando en Balmoral”, recordó un ex miembro de la Casa Real, “cuando Carlos hizo una llamada telefónica. Felipe atendió, y luego la reina preguntó qué había estado haciendo Carlos. ‘Vuelve de su servicio en la Marina la semana que viene’, respondió Felipe. ‘Oh’, dijo la reina, ‘pensé que no iba a volver hasta la próxima primavera’.

“Casi me caí de mi silla. Estaban hablando del heredero del trono, y sabían tan poco de lo que estaba haciendo; no tenían una idea clara de la carrera que estaba siguiendo. Me pareció patético.”

A menudo, a los hijos les resultaba muy difícil ver a la reina, incluso en asuntos de mayor importancia.

“Cuando la princesa Ana y Tim Laurence vinieron a hablar conmigo sobre su boda”, recordó Michael Mann, el ex Deán de Windsor, “yo le pregunté: ‘¿Ha hablado con su madre?’ Ana respondió: ‘Usted sabe lo difícil que es hablar con mamá sobre estas cosas. La tía Margarita siempre dice que el único momento para verla es cuando está sola y los perros no andan por ahí, y entonces ella está muy cansada’. Le tomó a Ana tres fines de semana concertar una cita con su madre.”

Cuando Mabel Anderson, que había criado al príncipe Eduardo, pasó a ocuparse de los hijos de Ana, le preguntó a la reina sin pelos en la lengua: “¿Quién va a cuidar a Eduardo ahora? Porque usted no lo hará”. La reina protestó, diciendo que Mabel no tenía derecho a decir esas cosas. Cuando Eduardo, “el hijo mimado de la reina”, según una de sus más antiguas damas de compañía, se unió a la Marina, su madre parecía no tener idea de los requisitos del curso de iniciación, y al final resultaron ser demasiado para él.

El hecho de que la reina y el príncipe Felipe no fueran padres muy atentos, abrió la puerta a que otras personas intervinieran. “Carlos”, dijo Lord Charteris, “cayó bajo la influencia de Dickie Mountbatten, y eso fueron malas noticias.”

Ocasionalmente la reina era muy capaz de ser hostil con sus hijos si ellos mostraban malos modales en su presencia. “Cuando miembros de la familia se ponían alborotadores”, recordó un mayordomo, “ella a veces los criticaba en público. Cuando Andrés estaba aprendiendo a pilotear aviones y se jactaba de lo bueno que era, ella le dijo algo extremadamente hiriente. No te diré lo que fue; estoy seguro de que ella no tenía intención de decirlo. Él guardó silencio, completamente humillado.”

Por otro lado, ella no fue capaz de actuar en momentos que resultaron ser cruciales para el futuro de la monarquía. “Fue alrededor de 1973 cuando le dije que el príncipe Carlos estaba acostándose con Camila Parker Bowles, la esposa de otro oficial de la Brigada de Guardias”, me dijo Lord Charteris, “y que a la Brigada no le gustaba eso. Ella no hizo ningún comentario, y su rostro no cambió de expresión. ¿Qué consejo le dio? Creo que ninguno. No obstante, si hubiera adoptado una actitud más firme en ese momento, las cosas podrían haber sido muy diferentes veinte años más tarde.”

Aquellos que conocen a la reina creen que ella pudo haber considerado que la situación no era riesgosa, pues Camila era una mujer casada y, en todo caso, la relación pronto terminaría. “La noticias no habrían sorprendido a la reina en absoluto”, dijo un clérigo que la atendió durante muchos años. “Su reacción hubiera sido que era algo natural para un hombre joven y viril”.

“Recuerdo haberla oído comentar, refiriéndose a alguien más en otra ocasión, ‘Si tiene una amante, ¿qué importa?’ Además, ella jamás se habría metido en una cuestión así. Ella preferiría encerrarse con las cajas rojas.”

Algunos de los asesores de Carlos tienen una visión menos complaciente. “Para mí”, dijo uno, “dice mucho que la reina no haya hecho nada al saber que su hijo estaba acostándose con una mujer casada, siendo la única persona en el mundo que, según sé por experiencia propia, hubiera podido detenerlo.

“Justo antes de acompañar a Carlos en un tour por el extranjero, descubrí que él había concertado una cita con una amiga allí, una cita que seguramente hubiera sido descubierta por los medios. La única forma que tuve de detenerlo fue avisarle a la reina. No tengo idea de lo que le dijo. Solo sé que Carlos canceló la cita.”

Sin embargo, una y otra vez los cortesanos sentían que ella les encomendaba la tarea de velar por su familia a ellos. “Ella siempre fue terriblemente tímida en asuntos de familia”, recordó un ex secretario de prensa del palacio. “A ella no le gustan las discusiones, y no es para nada una feminista, así que siempre estuvo más que dispuesta a dejar que su marido o nosotros nos ocupáramos de todo. Cuando le planteabas algún problema familiar a la reina, ella decía: ‘¿Lo has hablado con Felipe, o Carlos, o Andrés?’, o quien quiera que estuviera involucrado, y uno deseaba poder decirle, ‘No, señora, eso es tarea suya’. Pero ella siempre quería que alguien más lo hiciera, porque ella siempre sabía que habría una reacción explosiva. Dejaba que los cortesanos lidiaran con las consecuencias.

“Cuando uno de nosotros hablaba con quien quiera que estuviera involucrado, ellos replicaban ‘Mamá nunca diría eso’, iban a Windsor a tomar el té el domingo, y ella accedía a algún compromiso extraño e improvisado. Me parecía muy irritante. A menudo yo deseaba que ella le dijera a Fergie: ‘Has explotado esto durante diez años. ¡Ahora se acabó!’ Pero, por su temperamento, ella no era capaz de imponerse. Se alejaba de cualquier responsabilidad para con su familia todo el tiempo.”

Clérigos cercanos a la reina sentían que ella era demasiado indulgente hacia sus hijos, nueras y yernos. “En sus propios asuntos financieros”, dijo uno, “ella es austera, pero ha sido muy extravagante con sus hijos; los malcrió terriblemente. Permitió que Andrés y Sarah se construyeran esa casa en Ascot, cuando había casas muy buenas disponibles en otros lugares. Por lo que pude ver, a ellos no les importaba en lo más mínimo el presupuesto, pero la reina no los corrigió; ella tan solo cubrió los gastos, y eso fue una equivocación.”

Mientras todo marchaba bien y los medios trataban a la familia real como un cuento de hadas delicioso y atractivo con unos pocos e insignificantes traspiés, nada de esto pareció importar mucho. “Cuando llegué al palacio de Buckingham hacia fines de la década de 1980”, recordó un cortesano jubilado, “aún parecía como si sus Navidades se hubieran adelantado”.

Las tormentas que vinieron después fueron muy amargas. A medida que los matrimonios reales se desmoronaban, las relaciones ocultas eran registradas (y fotografiadas) alegremente por los tabloides y antiguas amantes volvían a entrar en acción, los jóvenes miembros de la familia real parecían cada vez más un montón de personas inmaduras, extravagantes e incompetentes. En un momento parecía aparecer una nueva betise cada semana. El viaje de la duquesa de York a Francia, con chupada de dedos de pie incluida, dejó incluso al rostro de la ultra-flemática reina “desprovisto de color” en Balmoral, como recuerda un cortesano que estuvo allí.

Tristemente, el príncipe Felipe y ella estaban irremediablemente mal preparados para ayudar a sus hijos a arreglar sus asuntos domésticos. Una madre que no tenía el hábito de hablar con sus hijos sobre sus problemas y, de hecho, había buscado mantenerlos emocionalmente alejados, ahora descubría que todo su panorama familiar desde Highgrove a Sunninghill Park consistía en nada más que tensiones emocionales y problemas aparentemente irresolubles.

La reina puede quejarse en privado de que sus hijos optaron por “manzanas podridas” al momento de elegir parejas, pero algunos de sus antiguos cortesanos afirman que ella nunca se tomó el tiempo o la molestia de ayudarlos a elegir mejor. Ella siempre se rehusó a hablar con ellos por teléfono, de modo que, si querían conversar con ella, debían concertar una cita.

Extrañamente, la reina encontró tiempo para visitar Highgrove, donde Carlos había creado una casa y un jardín agradables y de buen gusto, apenas dos veces en 14 años. “Para ser honesto”, admitió un ex asesor real, “eso es muy bizarro”. Lord Charteris explicó que la reina simplemente no podía ser forzada a ir allí, y que, a medida que el matrimonio entre Carlos y Diana se volvía cada vez más frágil, “ella no quería tener nada que ver con esa chica incorregible”.

Así, como observó sagazmente Lord Hurd, ex secretario de Asuntos Exteriores conservador, la maquinaria constitucional podía funcionar a la perfección, pero “no había maquinaria emocional para lidiar con la situación”. Una familia carente de todo involucramiento emocional entre sus miembros, donde cada uno tenía pocas reservas de afecto a las cuales recurrir.

No es sorprendente que el producto final de permitir que sus hijos hicieran su vida con una orientación mínima fuera una colección de personas individualistas. Con pocas excepciones, no parecen sentir mucho afecto los unos por los otros.

“Me temo que no hay mucho afecto entre ellos”, dijo un cortesano jubilado que pasó mucho tiempo con la familia real en Sandringham y Balmoral. “La única buen química que he visto es entre la princesa Ana y su padre y, por supuesto, entre Felipe y la reina.”

“Supongo que es porque, si eres de la familia real, sientes una fuerte obligación de estar a la altura, de ser el gran ‘Soy’. ‘¡Soy la princesa real!’ ‘¡Soy el príncipe Eduardo!’ Debes pensar como tal, ser como tal y actuar como tal. Y nunca, ninguno de ellos, quiere mostrar ninguna debilidad. Incluso después del desastre de la empresa de relaciones públicas Wessex, Eduardo y Sofía mostraron, en privado, pocos signos de arrepentimiento. Estaban llenos de arrogancia. Todo fue culpa de los demás.”

Debido a la forma en que fueron criados, de hecho, los hijos de la reina son la prueba viviente de lo certero del mordant dictum de Lady Mountbatten: “Que nunca nadie te contradiga es mucho más de lo que la naturaleza humana puede soportar”. De acuerdo a cortesanos que los conocen bien, los cuatro son arrogantes, egoístas y malcriados. Nunca los contradijeron lo suficiente.

A medida que los desastres maritales se acumulaban, la reina se lamentaba cada vez más de su sentimiento de impotencia. A menudo el príncipe Carlos era el foco de su ansiedad. “Ella decía: ‘Él tiene 50 años ahora. ¿Qué puedo hacer? No le presta atención a lo que le decimos, y tiene un montón de gente extraña a su alrededor’”, recordó un ex cortesano.

“Felipe y ella están muy frustrados por su falta de influencia. También son muy indecisos en asuntos de familia. No saben qué hacer, así que se limitan a esconder la cabeza bajo la arena”. Cada vez más, la iniciativa era dejada en manos de los cortesanos.

No hay duda que la reina tiene cariño por el príncipe Carlos, y que ahora se llevan un poco mejor que antes, pero la suya no ha sido una relación muy cercana por un largo tiempo. “Nunca he visto ningún signo de cercanía entre ellos”, dijo un ex cortesano que ha conocido a la familia real durante 30 años. Sorprendentemente, según los asesores de Carlos, fue Lord Shelburne quién entregó la invitación a la reina a la 50ª fiesta de cumpleaños del príncipe en Highgrove. Carlos, supuestamente, no invitó personalmente a su madre porque temía que ella se negara, sabiendo que Camila Parker Bowles estaría allí. Tenía razón.

De acuerdo a cortesanos que los conocen bien a ambos, la reina piensa que Carlos es inteligente y talentoso, lleno de entusiasmo, pero extravagante, un poco ridículo y a veces totalmente exasperante. Ella no sabe cómo funciona su mente. En ese aspecto, al menos, muchos padres reconocerán sus sentimientos hacia sus propios hijos.

“Ella lo quiere”, dijo uno de los ex asesores de la reina, “pero no entiende por qué él no muestra la misma firmeza que ella. Ella cree que él está lleno de autocompasión. También piensa que él hace demasiados discursos polémicos.

“Y tampoco aprueba que, en privado, al igual que su padre, Carlos reniegue contra Gran Bretaña; la estrechez de miras de sus políticos, lo problemáticos que son sus sindicatos. He escuchado a ambos exclamar ‘¡Este maldito país!’. Así que la reina está genuinamente perpleja con su hijo.”

“Ella también piensa que él es muy extravagante, cosa que ella no es”, dijo otro ex cortesano. “Cuando él visitó Sandringham con Diana, recuerdo que ella dijo: ‘Él tiene que tener ocho habitaciones’. Eso incluía dos dormitorios —incluso en los primeros días de su matrimonio, porque él ronca—, una habitación para cambiarse y otro cuarto donde él escribe sus cartas. La cantidad de equipaje y sirvientes que él lleva consigo es grotesca.

“A ella tampoco le gusta la forma en que él hace que muchas personas mayores y ocupadas viajen a Highgrove todo el tiempo porque a él no le gusta Londres. Ella dijo una vez: ‘Supongo que es culpa mía, porque le dije que nunca viviera cerca de donde están los negocios, como hice yo, pues eso significa que nunca puedes alejarte de ellos’, pero aún así le parece extraño.”

“Comparándose a sí misma con el príncipe Carlos”, dijo uno de los ex asistentes de la monarca, “la reina una vez me dijo: ‘Yo soy una persona ejecutiva’. Una de las cosas que ella desaprueba de él es que no es tan bueno como ella adoptando decisiones y ocupándose de los asuntos del gobierno día a día. Los documentos son enviados por su secretario a Highgrove y permanecen allí durante dos o tres semanas.”

Aparentemente incluso ha habido momentos donde ella estuvo lista para, al menos, contemplar alternativas a la posibilidad de que Carlos la sucediera en el trono. En los días oscuros después del divorcio de Diana, uno de sus antiguos consejeros sintió que la situación estaba llegando al punto donde sería mejor que Carlos se retirara al campo, se casara con Camila y cediera su lugar en la línea sucesoria directamente al príncipe Guillermo.

Su opinión fue transmitida a la reina, quien, según él, no reaccionó violentamente contra ella y, de hecho, pareció preguntarse si no sería una posible solución. El consejero finalmente cambió de opinión y pasó a creer que Carlos sería, en realidad, un rey muy bueno, pero el hecho de que la reina estuviera dispuesta a considerar la idea es muy revelador.

Hay heridas y amargura de ambos lados. La reina se sintió profundamente lastimada por los ataques no muy velados de Carlos hacia el príncipe Felipe y ella en El Príncipe de Gales, de Jonathan Dimbleby. Ella también desaprobó la forma en que volvió con la señora Parker Bowles a medida que su matrimonio se deterioraba. Carlos está furioso porque la reina, en su opinión, jamás reconoció adecuadamente la primacía de su posición entre sus hijos y, demasiado a menudo, lo trata de forma no muy diferente de sus hermanos y hermana.

“De alguna manera”, dijo uno de sus asesores, reflejando la visión del propio Carlos, “la reina se ha comportado como si ella fuera la única que importa. Ella no ha planeado muy bien el futuro; casi parece verse a sí misma como la última soberana. Todo ha girado en torno a lo que es bueno para ella, no lo que es bueno para la monarquía en el largo plazo. El resentimiento del príncipe Carlos se debe a que no se le permitió estar lo suficientemente involucrado, y de sentir que su madre no lo ha tratado de forma diferente que a sus hermanos. Él no puede entender la total ausencia de genes maternales en ella. Siente que él no le cae bien.”

Una gran parte del problema es la muy pobre relación de Carlos con su padre, con el que no sabe cómo tratar, aunque su respuesta a la forma de ser muchas veces imponente de Felipe es más robusta de lo que era antes. Incluso con clérigos en quienes tiene completa confianza, le resulta imposible hablar sobre su padre, a quien la reina delegó la responsabilidad tanto de sus hijos como de sus finanzas.

“Carlos le tiene mucho miedo a su padre, que domina la familia siendo abusivo y ruidoso”, dijo uno de los asesores del príncipe. “Él lidia con la situación desconectándose de ella. Por eso no juega un rol más grande en los asuntos familiares. Su padre muchas veces no le permite hacer nada, y Carlos es sensible, demasiado sensible.”

“Por muchos años”, dijo un hombre que estuvo con ambos en el Comité de Propiedades Reales, “Carlos fue un miembro virtualmente silencioso. Si decía algo, su padre estaba listo para saltarle a la yugular. El problema es que tienen opiniones, estilos y visiones completamente diferentes. Carlos siempre quiere retroceder el tiempo; le gustan los encantadores baños victorianos y viejos graneros. Mientras que Felipe siempre está mirando al futuro.”

Los dos hombres tienen opinions muy diferentes sobre cómo la monarquía debería funcionar; tuvieron una disputa furiosa sobre si el príncipe Eduardo y su esposa Sofía debían continuar con su negocio de relaciones públicas y producción de films, y bajo qué terminos; y la reina muchas veces queda atrapada en el medio. Según un ex Deán de Windsor, “ella está continuamente dividida entre la lealtad a su esposo y a su hijo.”

“Carlos jamás dice ‘Odio a mamá’”, dijo un visitante frecuente a Highgrove, “pero cuenta un montón de historias sobre su mamá que no la pintan bajo una luz favorable. Él te lleva a recorrer la casa y dice ‘Ese es un mueble que rescaté del palacio de Buckingham’, insinuando que su madre y el príncipe Felipe son ignorantes en lo que se refiere al arte. Una vez me dijo ‘El príncipe Guillermo fue grosero con su abuelo y tuve que reprenderlo, pero no lo hice con mucha severidad.’

“Una vez me invitaron a almorzar en el palacio de Buckingham y, no mucho después, nos convocaron a Highgrove porque Carlos deseaba saber qué tan malo había sido. Cuando le dije cómo fue, él dijo ‘No tienen idea de cómo entretener a sus invitados. ¿Por qué someten a la gente a ese tormento?’.

“Carlos está absolutamente desesperado por obtener la aprobación de su madre, y sabe que nunca la tendrá. Él es la clase de persona incompatible para ella: con demasiadas necesidades, demasiado vulnerable, demasiado emotivo, demasiado complicado, demasiado centrado en sí mismo, la clase de persona que ella no puede soportar. Las artes, las causas caritativas que no se relacionan con un sentimiento rígido del deber, son cosas que ella rechaza.

“Hasta su ultimo aliento, él querrá que ella le diga con sinceridad ‘¡Bien hecho, Carlos!’. Y teme que ella nunca lo hará”. Los propios asesores de Carlos están totalmente de acuerdo: “Olvídate de Diana y Camila”, dijo uno de ellos. “La falta de aprobación de sus padres es la causa y el fin de todos sus problemas. Todo se reduce a que mamá no le dice ‘¡Bien hecho!’ y que Ana y Eduardo son los favoritos.”

En verdad, la reina tuvo muy poco que ver con la elección de Diana por parte de Carlos. “La reina era una de las pocas personas que, desde el principio, tuvieron dudas sobre el matrimonio”, recordó uno de sus secretarios privados. “Ella no lo expresó directamente; tan solo parecía muy fría al respecto. Y luego, cuando Diana tomó clases de tap-dancing y comenzó a nadar cientos de largos en la piscina del palacio, ella dijo: ‘Esa chica está bastante loca.’

“En Balmoral”, continuó, “donde nadie se debe retirar antes que la reina se vaya a la cama, Diana desaparecía apenas las damas se levantaban de la mesa tras la cena. Esas veladas eran una tortura para ella porque no tenía un solo tema de conversación, pero la reina sentía rencor hacia ella por irse de esa manera. Nuevamente decía: ‘¡Está loca, está loca!’ Debo añadir que yo también odiaba esas veladas, y rezaba porque la reina se fuera a la cama.”

Durante un tiempo, Diana iba a menudo al palacio para tomar el té con la reina, “en parte, para tener una base de poder contra su esposo”, de acuerdo a un ex cortesano, pero luego dejó de ir.

La reina decía con tristeza: “Diana solía venir a verme, pero ya no lo hace”. Aparentemente no se le ocurrió enviarle a Diana una invitación. Pese a que cada vez hacía más críticas a su nuera, ella aún le preguntaba a los cortesanos: “¿Estamos haciendo lo suficiente para ayudarla?”

A medida que su matrimonio iba de mal en peor, Carlos apenas hablaba con su madre y simplemente volvió con la señora Parker Bowles. “Diana al menos se comunicaba con la reina”, dijo uno de los asesores del propio Carlos, “mientras que, en ese punto, él casi no se comunicaba con ella. Y, cuando lo hacía, él pudo haberle mentido sobre Camila, por lo que realmente no se comportó muy bien en ese momento. La reina tenía derecho a estar enfadada.”

Fuentes del palacio dicen que fue responsabilidad de los cortesanos, en especial el secretario privado de la reina, lord Robert Fellowes, tomar la brasa caliente que ni ella ni el príncipe Felipe sabían cómo manejar. Involucrarse en los problemas maritales de la familia real era una tarea que ni él ni sus colegas ansiaban realizar. “Soy un secretario privado”, me dijo uno de ellos en esa época, “no un consejero matrimonial.”

La separación de los príncipes de Gales en 1993 provocó una ansiedad colosal tanto en palacio como en Downing Street. “Lo que nos preocupaba a aquellos que estábamos metidos en el asunto”, dijo un antiguo sirviente, “y eso incluía a Robert Fellowes, John Major y otras personas como yo, era que la separación hiciera daño a la familia real, y que la gente dijera ‘Diana era la mejor de todos. Sin ella, no vale la pena tener familia real.’

“Luego, cuando las cosas siguieron marchando mal tras la separación, Robert vio que el nudo gordiano de ese matrimonio desastroso debía ser cortado de un tajo, y que el divorcio era la mejor manera de hacerlo. El hecho que Diana fuera su propia cuñada no evitó que hiciera lo que creía que era lo mejor para la monarquía.

“Claro que, por al menos dos años luego de la separación, Diana estaba decidida a no divorciarse jamás de Carlos, porque creía que él se casaría con Camila. Esperábamos que ella encontrara un buen hombre, pero no lo hizo. Luego, por algún motivo, su actitud cambió, y ella empezó a pensar que un buen acuerdo financiero podría hacer más tolerable al divorcio.”

“Durante todo este tiempo”, dijo uno de los coelgas de Fellowes, “la reina y el príncipe Felipe no tenían idea de qué hacer con Carlos y Diana. De no ser por Robert, habrían dejado que todo siguiera igual. Robert les dijo: ‘Este problema no va a desaparecer, y no sirve de nada esperar que lo haga. Así que debemos resolverlo, porque mientras más tiempo continúe, más daño les hará a ustedes como familia y como institución.’

“Pero la reina no es una líder y, por mucho tiempo, el príncipe Felipe y ella vacilaron, como en cualquier familia, así que Robert tuvo que seguir insistiendo en el tema. Le costó más o menos un año persuadirlos para que actuaran. La reina puede que haya tenido la firme creencia de que debían perseverar con el matrimonio. Ella solo cedió cuando Felipe se convenció de que no había alternativa al divorcio. Fue Robert, creo yo, el que escribió el primer borrador de la carta que la reina les envió a Carlos y Diana.”

“En cierta medida”, afirmó otro cortesano, “Robert Fellowes era la persona que dirigía la familia real en ese momento. En lo que se refiere a asuntos familiares, la reina es mejor siguiendo consejos que tomando la iniciativa.”

“Durante todo este proceso”, añadió un antiguo sirviente, “Robert recibió muchos ataques, en especial del príncipe Carlos, pero la reina se mantuvo en calma y absolutamente leal. Si hubiera perdido su confianza en Robert, su posición hubiera sido insostenible. Él lo piloteó con calma y discreción.”

La dramática muerte de Diana en 1997 precipitó a la reina a una crisis que, por unos pocos días afiebrados, hizo temblar a la monarquía. También la sometió a lo que el príncipe Felipe y ella consideraron una humillación pública, cuando se sintió obligada a ceder a la presión de las muchedumbres londinenses, alimentada por los medios, de regresar a la capital antes de lo planeado.

No es que ella estuviera abrumada de pena por la muerte de la princesa —lejos de ello— o de temor por la creciente histeria de los adoradores de Diana en Londres. “La idea de que ella se haya sentido destrozada por la muerte de Diana y por los eventos que le siguieron es el mayor malentendido que haya escuchado”, dijo uno de sus principales consejeros en aquel momento. Un sirviente veterano señaló secamente que “la idea de la reina sufriendo un shock es irreal. Ella simplemente es incapaz de algo así.”

El estado de ánimo en Balmoral, cuando las noticias llegaron, parecía lejos de ser traumático para algunos de los presentes. “Los chicos estaban muy calmados”, dijo un hombre que estaba allí en ese momento. “Simplemente se ocuparon de ayudar al príncipe Felipe a preparar la comida del picnic. Comieron un muy buen almuerzo.”

Lo que sí enfureció a la reina fue la exigencia de los tabloides que el estandarte real flameara a media asta en el palacio de Buckingham. “Tomando el té el martes”, recordó uno de los presentes, “la reina estaba obviamente muy irritada por la presión de los periódicos.

“Ella dijo: ‘Los editores saben perfectamente bien por qué la bandera no está flameando. El poste de la bandera estaría vacío aún si mamá o yo hubiéramos muerto. Nunca flamea a media asta. El problema es que he estado aquí demasiado tiempo’, con lo cual quería decir que si ella o la reina madre hubieran muerto, todos habrían recordado el protocolo correcto, que el estandarte flamea solo cuando ella está presente en el palacio.”

Más temprano ese mismo día ella había rechazado de plano el consejo del Chambelán Lord Airlie, que estaba en Londres viendo cómo la multitud se volvía más numerosa, que sería prudente izar el estandarte a media asta. Al día siguiente, con un creciente sentimiento entre sus consejeros de que la monarquía estaba en peligro, ella cedió de muy mala gana a la presión de su parte, en especial de Robin Janvrin, para izar la bandera.

Ella estuvo igualmente molesta por la sugerencia de sectores de la prensa, en particular del Canal 4, que ella se había opuesto a enviar un avión real para traer el cuerpo de Diana de vuelta a Gran Bretaña y que había querido que lo llevaran a un lugar privado para su sepultura, cuando era exactamente lo opuesto a la verdad, según sirvientes que estuvieron en estrecho contacto con los hechos desde el comienzo de la crisis.

Dicen que, apenas supo de la muerte de Diana, Robert Fellowes, con el pleno consentimiento de la reina, ordenó que un avión fuera enviado a París con el príncipe de Gales, que el cuerpo de Diana debía ser velado en la Capilla Real y que debería realizarse un funeral de Estado. De acuerdo a los sirvientes, fue la propia familia de Diana la que inicialmente quiso un funeral privado, seguido de una ceremonia sencilla en su honor. Fellowes le dijo a un colega en aquel momento: “La reina y yo creemos que es un error, y logramos persuadir a los Spencer que nuestra propuesta es la más apropiada.”

Hubo otro desacuerdo mucho más dañino aquella semana: el desacuerdo entre el palacio de Buckingham y el de St. James. “Lo que pasó”, dijo un sirviente retirado, “es que los asesores de Carlos trataron de distanciar al príncipe de Gales de la crisis en la que la familia real se estaba sumiendo, sugiriendo que él estaba en lo correcto y ellos estaban equivocados. Una de las cosas más peligrosas que ocurrió durante esa semana fue que los dos palacios desconfiaban totalmente el uno del otro.”

Los asesores de la reina estaban naturalmente “profundamente preocupados” sobre cómo sería recibida cuando retornara a Londres. Cuando le dieron lo que alguien llamó “un aplauso respetuoso” mientras ella inspeccionaba la montaña de flores fuera del palacio, sintieron que la crisis había pasado.

Diana había muerto, pero Camila Parker Bowles estaba viva y le presentaba a la reina y sus asesores un problema, en muchos aspectos, aún más complejo. No es sorprendente que, en los años siguientes, ella se mostrara menos que encantada con su hijo mayor. El problema de Camila ha sido un problema que no solo continúa dividiendo a los dos palacios, sino que por un tiempo dividió al propio palacio de Buckingham en dos facciones.

La firme convicción de Fellowes era que la reina no debía recibir a la señora Parker Bowles, que no había sido invitada a palacio durante más de veinte años, luego que la reina descubriera que Carlos estaba acostándose con ella. Fellowes también estaba convencido de que sería mucho más fácil para todos los involucrados si el príncipe de Gales terminaba su relación con ella.

Aparentemente le dijo eso a Carlos. “Él adoptó una línea muy dura”, dijo un colega, “porque creía, en aquel momento, que el vínculo de Carlos y la señora Parker Bowles hacía peligrar el futuro de la monarquía y que era su deber abandonarla. Su punto de vista, creo yo, tuvo una considerable influencia en la reina.”

Para Fellowes, que se consideraba un amigo de Camila, a quien conocía desde hacía años, no era un asunto personal. “Él discutió el tema extensamente con la reina”, dijo un ex cortesano, “y llegó a la conclusión de que la situación no mejoraría si ella recibía a Camila, porque entonces ella sería vista como parte de la familia real.

“Eso cambiaría las cosas de una manera que no beneficiaría a ninguna de las partes, incluyendo el gobierno de la Iglesia Anglicana. Según pensaban ellos, sería como empujar un autobús sin frenos hacia un precipicio, pues los medios iban a magnificar el hecho que la reina hubiera recibido a Camila. Una vez que ellos se hubieran apoderado de la situación, era imposible saber cómo acabaría.”

En ese momento, un cortesano que apoyaba con entusiasmo el punto de vista de Fellowes me dijo: “La reina no puede entender cómo el príncipe de Gales se ha involucrado con una mujer como la señora Parker Bowles. Cuando le preguntaron si la recibiría, ella replicó: ‘¿Por qué?’

“En este asunto, la Dama no va a cambiar de parecer. Ella ha repasado todos los argumentos legales y constitucionales con Robert y sabe que puede impedir que el príncipe de Gales se case. Para ella, o bien Carlos se convierte en rey y aparta a Camila, o se casa con ella y reconsidera su futuro.” Sonaba muy parecido a las opciones que le ofreció Baldwin a Eduardo VIII.

Fellowes siempre sostuvo que jamás adoptó una posición en nombre de la reina a menos que estuviera seguro que ese era en verdad su punto de vista, pero sus detractores —tanto en aquel entonces como ahora— se preguntan dónde surgieron esos puntos de vista. ¿Habrá sido él, se preguntan, quien los puso en la mente de la reina en primer lugar?

Hubo muchos cortesanos de alto rango que estaban muy en desacuerdo con él sobre la mejor forma de resolver el problema de Camila, y de ningún modo todos ellos respondían al príncipe de Gales. Mary Francis, una servidora que se convirtió en asistente del secretario privado de la reina y que no se llevaba muy bien con Fellowes, creía que no era de la incumbencia del secretario privado de la reina aconsejar a Carlos sobre su relación con Camila, y mucho menos indicarle que debía abandonarla.

Lo que Carlos estaba haciendo, señaló ella a sus colegas, pasaba en toda la sociedad. Era mucho mejor que los consejeros de la reina emplearan sus energías en ayudarla a construir una mejor relación con su hijo mayor.

Robin Janvrin, el segundo de Fellowes, tenía un punto de vista similar, mientras que el Lord Chambelán Davir Airlie, también pensaba que la reina debía mostrarse más solidaria hacia el príncipe Carlos, dado que la idea de una relación extramatrimonial era ahora reconocida como válida por la sociedad.

Mark Bolland, el talentoso asesor de Carlos, era plenamente consciente de las diferencias entre los cortesanos de la reina. Tomando el punto de vista que, “en asuntos familiares, ella es completamente guiada por sus asesores”, él no podía esperar al día en que Fellowes —que lo había expulsado de las reuniones porque creía que Bolland revelaría a la prensa todo lo que se dijera— fuera sucedido por el más comprensivo y relajado Janvrin.

Tanto Bolland como el príncipe creían que, si Janvrin podía ser convencido de reunirse con Camila, la reina también lo haría. El príncipe Carlos, de hecho, estaba tan ansioso de reclutar a Janvrin para su causa que intentó convencerlo de encontrarse con la señora Parker Bowles incluso antes de que Fellowes hubiera dejado el palacio de Buckingham.

Cuando Janvrin visitaba el palacio de St. James un día para hablar de un nuevo nombramiento real, Carlos le dijo a su secretario Stephen Lamport: “Camila está en el edificio. ¿Por qué lo hacemos que Robin se reúna con ella?”. Lamport se lo propuso en privado a Janvrin, pero él le respondió que no podía hacerlo sin el permiso expreso de la reina.

Unos pocos meses después, no obstante, luego de que Fellowes hubiera abandonado su puesto para trabajar en Barclays Bank, Janvrin se reunió con Camila, por iniciativa propia. Él obviamente había pedido permiso a la reina. El asunto era tan delicado que, por un tiempo, Janvrin ni siquiera les contó a sus colegas que planeaba ver a la señora Parker Bowles. Cuando le dije a uno de ellos que la reunión había tenido lugar, quedó estupefacto.

Uno de los asesores de Carlos recordó: “Robin nos dijo que le gustaría que la reunión tuviera lugar. Stephen Lamport y él luego decidieron que sería mejor que no ocurriera en St. James. Pensaron que sería extraño que el secretario de la reina se reuniera con la amante del príncipe en uno de los palacios de la propia reina. Camila también prefería estar en algún lugar menos controvertido.

“Así que Stephen tuvo la brillante idea de pedirles a Robin y ella que tomaran el té en su propia casa. Si bien era una casa que pertenecía a la reina, ambos se sintieron más cómodos allí. Pasaron una hora juntos y luego se encontraron al menos seis veces más, en Highgrove y otros lugares.” Así, un nuevo secretario privado cambió completamente el ángulo con el que la reina veía el asunto de Camila, que, después de todo, era y sigue siendo crucial para el futuro de la monarquía.

No mucho después la reina siguió el camino trazado por Janvrin. A principios de junio de 2000 ella decidió asistir a la 60ª fiesta de cumpleaños del rey Constantino II de Grecia en Highgrove, sabiendo que Camila estaría presente. Cuando Constantino le dijo a Carlos que su madre vendría, el príncipe no lo creyó hasta hablar él mismo con ella.

Fue una sorpresa igual de grande para los cortesanos del palacio de Buckingham. “Robin fue a verla por la mañana a la hora usual”, recordó uno, “y, al salir, dijo: ‘¡La reina va a ir a Highgrove!’ Fue como un rayo en un día soleado. Ella no había hablado del tema con nosotros. Robin había trabajado en eso y le había dicho que, en algún momento, ella debería encontrarse con Camila. Cuando ella dijo que lo haría, él pareció tan sorprendido como complacido.”

De acuerdo con fuentes del palacio de St. James, la reina había estado sometida a presión creciente para reunirse con Camila, tanto de miembros de su propia familia, tales como su sobrina Lady Sarah Chatto —“que fue muy insistente con ella al respecto”— como de cortesanos como David Airlie y Michael Peat (el encargado de las finanzas de la reina, que más tarde se convertiría en secretario privado de Carlos). Janvrin le dijo que la opinión del público sobre Camila se volvía cada vez más favorable y que, a la luz de eso, ser vista como la mujer de rostro de piedra que se rehusaba incluso a conocer a la pareja de su hijo era un desastre de relaciones públicas.

La propia Camila estaba aterrada ante la idea de ver a la reina y, posteriormente, incluso los asesores de Carlos debieron admitir que no fue un encuentro al estilo de “qué-maravilloso-verte-luego-de-todos-estos-años”, siendo más bien “apenas una grieta en el hielo, más que una ruptura del mismo”. El hielo, según parece, aún no estaba listo para derretirse.

La reina, no obstante, vio su viaje a Highgrove como más que un ejercicio de control de daños. También lo vio como un gesto vital para construir una mejor relación con el príncipe Carlos. “Ella sigue creyendo que él puso sus intereses privados por delante de su deber”, dijo un ex cortesano, “pero antes que ella reconociera a Camila, él no quería tener nada que ver con ella, y ella no quería tener nada que ver con él y su nueva vida.

“Antes que ella fuera a Highgrove, el hecho de que ella no pudiera aceptar que una relación extramatrimonial de largo plazo fuera correcta en estos días influenciaba sus puntos de vista sobre todo, y dado que ella cree que la sucesión al trono debe seguir su curso natural, debió encontrar la forma de acercarse a su hijo.” Ella también se ha dado cuenta que el palacio de St. James tiene todas las cartas ahora, dado que el príncipe Carlos y el príncipe Guillermo representan el futuro de la monarquía.

“Así”, continuó el cortesano, “que se nos ocurrió la idea de que la reina ‘reconociera pero no aceptara’ a Camila. Y lo cierto es que la reunión en Highgrove fue muy breve y formal. No fue un momento íntimo, pero la reina hizo lo que debía simplemente al estar presente.”

Antes de decidir ir a Highgrove, ella también se enteró que la posición de Camila había mejorado en otro aspecto de considerable importancia para ella como Suprema Gobernadora de la Iglesia Anglicana. Para sorpresa de la propia Camila, ella ya había recibido varias visitas del arzobispo de Canterbury, George Carey, a veces acompañado de su esposa Eileen.

“Sin duda”, comentó un obispo anglicano, “George sintió que debía formar una relación con alguien a quien, en su momento, pensó que podía terminar casando o al menos bendiciendo.”

“El arzobispo insistió en verla”, dijo uno de los asesores del príncipe Carlos. “Nunca fue al revés. Le dijo a Stephen Lamport que era su deber pastoral. Él se encontró con Camila en su casa de campo y en St. James. Cuando ella le preguntó a Carlos qué debía hacer ante la propuesta de Carey, él le dijo que le diera una oportunidad.

“Camila no es muy asidua en la iglesia, y ríe a las carcajadas ante la sugerencia de que se esté volviendo más espiritual. Ella jamás hablaría con Carey de cosas muy íntimas; sus sentimientos hacia el príncipe, su futuro y cosas así. Ella lo consideró extraño, pero dulce, muy halagador. Estaba encantada por su interés.”

“La visión religiosa de George no la atraería en absoluto”, dijo un clérigo que conoce bien a Carlos y Camila. “George predica alegremente el Evangelio, mientras que, para ella, la religión es un deber; tiene la noción aristocrática de que Dios existe y que uno debe tener la misma lealtad hacia él que hacia la reina. Aún así, al menos le da cierta clase de apariencia cristiana a las cosas.”

Lo que sea que haya pasado, el arzobispo probablemente le habrá informado a la reina sobre el resultado de sus visitas “pastorales”. Ella, en todo caso, es plenamente consciente de la actitud de la mayoría de los obispos anglicanos hacia la posibilidad de que Carlos vuelva a casarse. “Creo que habría una reacción mixta”, dijo uno de los más sagaces entre ellos. “La vasta mayoría de los obispos tendrían una actitud positiva, pero algunos harían protestas bíblicas.”

“El propio George podría sentir que es algo negativo pero, debido a eventos que tuvieron lugar en su propia familia —al fin y al cabo, él bendijo el matrimonio de uno de sus propios hijos divorciados—, él diría cosas razonablemente positivas.

“A Richard Chartres, el obispo de Londres, que es cercano a Carlos, le parecería complicado el asunto, pero al final diría “Sí, siempre y cuando mantengan un bajo perfil”.

“Yo calculo que en cuatro o cinco años Carlos y Camila querrán casarse”, continuó el obispo. “Para entonces, la reina madre, a quien no le gusta la idea, probablemente no estará más entre nosotros y estaremos empezando a pensar en el fin del reinado.”

“Si la reina le diera permiso a Carlos, tanto George como Richard Chartres tendrían que hacer lo que ella quisiera porque, como todos los obispos diocesanos, han prestado juramento de ser sus señores ligios y servirla de por vida.”

Cuando me encontré con Chartres fuera de la Cámara de los Lores hace un año, él fue muy claro al decir que había actuado con gran cautela y que, en ese momento, todavía no se había reunido con Camila.

La reina puede que no haya cambiado de opinión sobre la señora Parker Bowles —recientemente le comentó a una amiga que “ella parece un poco avejentada”—, pero acepta que ella es ahora parte permanente del panorama.

“Carlos y Camila”, dijo un clérigo que los ha tratado mucho a ambos, “han decidido pasar el resto de sus vidas juntos. La reina se da cuenta que ella es una compañera constante y fiel de su hijo. Y el príncipe Guillermo ha aceptado a Camila con facilidad.

“La relación entre Carlos y Camila podría ser la raíz de algo muy bueno si le permiten crecer. Pero creo que, por el momento, él y probablemente ella preferirían dejar las cosas como están. Ella prefiere tener invitados en su propia casa en vez de andar por ahí escuchando siempre ‘Buenos días, señora’. Y Carlos nunca le diría a su madre ‘Voy a casarme con ella’. Si ella dijera que no, él no lo haría.”

Cuando la princesa Isabel, como entonces era llamada, prometió entregarse, en un discurso a la edad de 21 años, a una vida de servicio total a los pueblos de la Commonwealth y el Imperio Británico, ella no pudo haber tenido idea que esas personas le causarían muy pocas dificultades en comparación con la angustia, furia y desesperación que sufriría a manos de su propia familia.

Su hijo mayor le ha planteado una infinidad de problemas personales y constitucionales. Dos de sus otros hijos han tenido matrimonios desafortunados, y la historia puede que no haya acabado. Incluso el príncipe Eduardo y su esposa Sofía le han causado ya considerables bochornos.

Tiene una madre cuyos gastos extravagantes a veces, según un ex cortesano, requerían un rescate anual de más de un millón de libras esterlinas de las propias arcas de la reina; una hermana cuyos amoríos y malas costumbres han provocado que la reina exclamara que Margarita estaba “viviendo en una alcantarilla”; y un marido que, si bien ha sido maravillosamente alentador, se ha comportado a veces de manera tan insoportable que ella se ha rehusado a verlo hasta que él se hallara de mejor talante.

Tampoco la familia se ha vuelto más benigna con el correr de los años. Las tensiones entre Felipe y Carlos no muestran signos de haber desaparecido. La reina ve menos al príncipe Guillermo de lo que le gustaría. Carlos, aunque ama a su madre, cree que ella está demasiado dominada por su esposo. Comparado con lidiar con esos problemas, su trabajo como monarca debe parecer tan fácil como comer una porción de torta.

La mayor parte del tiempo, además, debido a su naturaleza profundamente devota al deber, ha sido una porción de torta que ella ha saboreado.

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