Los secretos de Rose Kennedy

Otra traducción, ahora de un artículo publicado en mayo de 2007 en el Boston Globe, en el que hablan acerca de documentos privados de Rose Fitzgerald Kennedy, la madre de JFK y sus hermanos, dados a conocer no mucho antes y que revelan información hasta entonces desconocida sobre la longeva matriarca del clan Kennedy.

“Es que yo soy una chica anticuada”, decía Rose Kennedy cuando alguien le ofrecía un cigarrillo o un trago. “No bebo, no fumo y tengo muchos hijos.”

En 1972, mientras hacía planes con el autor que la ayudó a escribir su autobiografía, el tema pareció gustarle, y le dijo: “Deberíamos poner que soy una chica anticuada.”

Y quizá lo fuera, en muchas maneras. Una católica conservadora, que comulgaba a diario, vivió 104 años siguiendo un código que podría haber sido escrito en el Vaticano, en el seno de una familia cuyos triunfos y tribulaciones podrían haber salido de un guión de Hollywood. Para los estadounidenses, ella fue la matriarca de la familia política más prominente de la nación. Fue admirada por su profunda fe, su estoicismo y su resistencia frente a numerosas tragedias.

Es una imagen que, si bien es rica e inspiradora a su manera, puede parecer extrañamente bidimensional en una familia de figuras célebres y complejas. Rose Kennedy ha sido la víctima de una especie de estereotipo afectuoso: la esposa discreta, la madre orgullosa y enlutada que está en el centro, pero no es el centro, de las escenas familiares clave. Un rostro en la pantalla, más que un personaje por derecho propio.

La chica anticuada probablemente estaba satisfecha con eso.

Pero, doce años tras su muerte, los diarios, cartas y papeles personales de Rose Kennedy, recientemente dados a conocer, revelan una figura más compleja de lo que ella misma creía. Una mujer instruida y ambiciosa que luchó por mantener su individualidad en una cultura que rechazaba a las mujeres independientes y en una familia que consideraba a todo como un deporte de equipo, donde las mujeres debían suprimir sus ambiciones por el equipo.

Es una colección monumental: 185 mil objetos guardados en 252 cajas, incluyendo 15 mil fotografías y 67 entrevistas grabadas que ella y su familia hicieron para sus Memorias, algunas de las cuales estuvieron a disposición de Doris Kearns Goodwin y otros historiadores, incluyendo a Amanda Smith, la nieta de Rose. Pero la colección completa, que Rose Kennedy donó a la Biblioteca y Museo Presidencial John F. Kennedy, no fue abierta al público hasta septiembre de 2006.

Un análisis detallado de los archivos por el Globe descubrió un perfil más sutil y atractivo de Rose Kennedy, una mujer que cambió para adaptarse a los tiempos más de lo que reconoció públicamente, haciendo evolucionar sus puntos de vista y abandonando algunos prejuicios; una mujer que se resistió y —lo cual es menos conocido— llegó a aceptar a una hija que fue la rebelde que ella jamás se atrevió a ser; una mujer que llegó a admirar a su nuera Jackie incluso cuando la viuda del presidente buscó escapar de la agobiante mística de los Kennedy.

Y, pese a su imagen como una persona continuamente optimista, los escritos privados de Rose Kennedy revelan que ella fue invariablemente fatalista, creyendo que la tragedia debía seguir al triunfo tal y como la noche sigue al día; que la Providencia no permite familias perfectas y felices.

Ella encontraría amplias pruebas de ello.

Del convento al continente

Nacida en el North End de Boston, criada en Concord y Dorchester, Rose fue una chica muy inteligente que quería ir a la Universidad de Wellesley y soñaba con ser pianista o maestra de música. Su padre, el diputado y alcalde de Boston John “Honey Fitz” Fitzgerald, insistió en que ella asistiera a un colegio de monjas.

“Mi padre fue un gran innovador en su vida pública, pero al momento de criar a sus hijas, nadie pudo ser más conservador”, escribió Rose.

Más que sentir rencor hacia su padre, Rose dijo que Honey Fitz la prefería a ella por sobre sus hermanos, llevándola a Europa y América del Sur, permitiéndole conocer a personas ricas y famosas. Ella ganó una confianza mundana en sí misma que no le enseñaron en el convento.

“No creo que él les haya dado [a mis hermanos] tantos estímulos como a mí”, dijo en una entrevista grabada que le dio a su ghostwriter, Robert Coughlan, en 1972 (la totalidad de esas entrevistas, incluyendo material nunca antes disponible al público, es parte del archivo).

Ella también desmintió que su padre rechazara a Joseph P. Kennedy como yerno. Escribió que su padre simplemente no quería que ella se casara con el primer hombre de quien se enamorara, pero ella lo hizo de todos modos.

Ella tenía seis, y Joe ocho cuando se conocieron en Old Orchard Beach, Maine, donde sus familias estaban de vacaciones. Diez años después, Joe la invitó a un baile de la Boston Latin School, pero Honey Fitz lo prohibió, diciendo que Rose era demasiado joven. Durante los siguientes años, la pareja se vio, en palabras de Rose, “más a menudo de lo que mi padre estaba al tanto.”

Después del casamiento de Joe y Rose en 1914, Rose inició un período frenético en su vida personal, pero que, en sus papeles, fue extrañamente silencioso. Mientras su esposo perdía su primera fortuna en Wall Street y luego su segunda en Hollywood, Rose estuvo casi continuamente embarazada, dando a luz a siete hijos en diez años. Sin embargo, sus diarios no contienen casi ninguna reflexión sobre esa época. Ella no volvió a escribir hasta llevar a cabo su primer acto de independencia como mujer casada: un viaje de seis semanas a la Costa Oeste con su hermana menor Agnes.

Rose dijo haberse sentido culpable por dejar a sus hijos atrás. Escribió que John, que aún no había cumplido los seis años, se lo echó en cara, diciendo “Caramba, eres una buena madre, yéndote y dejando a tus hijos solos.” Su culpa desapareció cuando tuvo que regresar a la casa para recoger algo que se había olvidado y encontró a los niños “riéndose y jugando en el porche, aparentemente sin extrañarme en absoluto. Continué mi viaje con la conciencia tranquila.”

Rose estaba tan deseosa de recuperar algo de su vida para ella misma, que se perdió un evento que jamás, en otras circunstancias, hubiera pasado por alto: el debut de su primogénito, Joe hijo, como monaguillo.

Y ella confesó algunas de sus violaciones a la ortodoxia católica en la privacidad de su diario. Confesó haber comido carne un viernes, con el rey y la reina de Inglaterra. Siempre acataba la autoridad del clero en cuanto a lo que era apropiado e inapropiado; firmaba sus cartas a sacerdotes como “Vuestra hija respetuosa.” Y sin embargo, un calendario de 1947 muestra que ella tomaba notas sobre la lectura de Ulises, de James Joyce, un libro que los obispos católicos habían ordenado a los fieles no leer.

“La mitad del tiempo es repugnante”, escribió. “La otra mitad es deliciosa.”

Incluso cuando ella tenía una niñera que se ocupaba de lavar los pañales y preparar la comida de los niños, Rose se sentía frustrada siendo una joven madre. A veces, ella hizo se acercaba a hacer afirmaciones feministas, y luego tomaba distancia.

“Solía preguntarme ‘¿Por qué pasé tanto tiempo aprendiendo a leer a Goethe o a Voltaire cuando ahora tengo que pasarme la vida enseñándole a los niños por qué deben beber su leche, o solo comer un caramelo por día y después de las comidas?’ Pero luego pensé que criar una familia era un nuevo desafío, y que yo iba a enfrentarlo.”

Rose escribió más que nada sobre la maternidad, y eventualmente supo que sería su legado, revisando o añadiendo notas frecuentemente a textos que ella había escrito décadas atrás.

“Llegué a ver a la crianza de hijos como una profesión”, anotó en un calendario de 1936, “y decidí que era tan interesante y estimulante como cualquier otra cosa, y que no tenía por qué mantener a una mujer esclavizada, volverla aburrida o pasada de moda. No tenía por qué convertirme en una vieja decrépita…”

Decrépita, no; delgada, absolutamente. Rose estaba orgullosa de que su talle de vestido fue el mismo durante toda su vida adulta. Se obsesionaba con la imagen de su familia, hizo que enderezaran los dientes de todos sus hijos y se quejaba de que los fotógrafos no le permitían elegir qué fotos publicar.

Ella ofreció consejos maternales mucho tiempo después que sus hijos llegaron a la adultez. Le recomendó a John hablar con más lentitud durante su campaña presidencial, ya que su acento bostoniano era difícil de descifrar para los demás. Le recomendó a Bobby cortarse el cabello durante su campaña de 1968. En 1969 le envió a su hijo senador, Ted, una carta que Barbara Bush probablemente jamás envió a su hijo.

“Querido Ted”, escribió Rose, “desearía que revisaras la pronunciación de la palabra ‘nuclear’. La pronuncias como si se dijera ‘nucular’, pero creo que se pronuncia ‘nu-cle-ar’.”

Pero, cuando eran jóvenes, Rose a veces iba más allá de los estímulos gentiles.

“Cuando había que castigar a los niños, yo usaba una regla, y a veces una percha para colgar la ropa, lo que era más conveniente porque en todas las habitaciones había un ropero y las perchas estaban siempre a mano”, escribió en su diario en 1972.

Una vez, cuando estaba cuidando a su nieto Joe, quiso castigarlo por hacer ruido mientras ella hablaba por teléfono. Pero no sabía dónde estaban los roperos en la nueva casa de Bobby y Ethel, y cuando el pequeño Joe la guió hacia el ropero más cercano para que pudiera usar la percha, ella se apiadó del niño y no lo golpeó. Otros dos nietos, Bobby y Maria Shriver, tuvieron una actitud menos dócil cuando ella les advirtió sobre cómo serían castigados si se portaban mal.

“Tiraron todas las perchas por el túnel de la ropa sucia para que no hubiera ninguna a mano cuando la necesitara”, escribió.

Cuando Joe se convirtió en embajador de EUA en Gran Bretaña en 1938, Rose fue muy prolífica en sus diarios. Con sus niños en varias escuelas ella podía hacer más cosas sola. Aprovechó la oportunidad, describiendo sus dos años en Londres como “los más emocionantes, excitantes e interesantes de mi vida”. Escribió con grandes detalles sobre sus suntuosas cenas oficiales con la realeza y otros diplomáticos. Jugaba al golf casi todos los días e iba a museos y charlas por su cuenta. Rose se sintió avergonzada cuando ella y la reina Isabel [madre de Isabel II] fueron a maquillarse juntas durante una cena en honor a la pareja real en 1939.

“Me preguntó si yo me levantaba a la mañana para despedirme de mis hijos”, escribió Rose. “Le contesté que solía hacerlo en lo que llamé ‘los buenos viejos tiempos’, pero que ahora me quedaba despierta hasta muy tarde y dormía por la mañana. Para mi sorpresa y humillación, ella dijo que se levantaba, a medio vestir, para despedirse de sus hijas y luego volvía a la cama.”

Si Londres le dio a Rose sus mejores años, también le presentó su mayor dilema como madre cuando su hija Kathleen se enamoró de un aristócrata protestante. Kathleen desafió a su madre no una, sino dos veces, por amor.

Una rebelde, una brecha

Los hermanos de Kathleen Kennedy la llamaban Kick cuando eran niños, contó Rose, porque no sabían pronunciar “Kathleen”. El apodo se le pegó.

En notas para su autobiografía, Rose dijo que Kick se parecía más a ella que sus demás hijos. Se parecían mucho físicamente, y Kathleen amaba viajar al extranjero, y estudió en Francia, al igual que Rose.

Una vez, cuando la familia vivía en Londres, alguien se acercó a Kick, entonces de dieciocho años, en la embajada y se la confundió con Rose. A Kick se pareció divertido; Rose se sintió halagada.

Pero la sed de aventuras de Kick iba más allá del amor a los viajes de su madre. Madre e hija tuvieron disputas, como cuando el duque de Kent mencionó casualmente haber visto a Kick en un club nocturno londinense, o por comportamiento considerado inapropiado, o a veces por el idealismo de Kick.

“Cuando le hablé sobre los altos estándares que teníamos en los Estados Unidos, ella inmediatamente replicó diciendo ‘pero al tener esos altos estándares de vida para unos pocos, hemos pisoteado a un montón de otras personas en este país y en otros países’”, escribió Rose.

Rose describió con frecuencia, y no muy convincentemente, a su familia como “normal”, especialmente cuando la comparaba con los Vanderbilt y otras personas ricas que conocía en sus viajes trasatlánticos. Su epifanía sobre el racismo durante una visita en 1941 a una escuela en Barbados sugiera que la conciencia social de Rose aún era una obra en construcción.

“Tuve la oportunidad de ver a una clase de niños pequeños justo cuando estaban rezando”, escribió en sus diarios, “y pocas veces estuve tan conmovida; ver a ese grupo de caritas de piel oscura, con esos inmensos, confiados y gentiles ojos marrones alzados en plegaria, me convenció de una vez por todas que debe haber ángeles de caras oscuras así como los hay de piel clara, aunque nunca había pensado en ello antes.”

Rose intentó cortar las alas de Kick desde un principio. Preocupada porque la popularidad de Kick entre chicos y chicas se interponía en sus estudios, Rose la envió a una escuela de monjas en Greenwich, Connecticut, cuando tenía apenas trece años.

“Sé que ella era feliz allí”, escribió Rose en unas notas que tomó en 1962 luego de una visita a esa escuela, Noroton. “Pero la vida le presentó tantos problemas más tarde… Enamorarse de Billy.”

“Billy” era William Cavendish, marqués de Hartington, a quien Kick conoció en Gran Bretaña en 1938. Tres años después de que su familia regresara a EE.UU. en 1940, Kick volvió a Gran Bretaña para trabajar con la Cruz Roja y reanudar su romance con él. Cuando Kick les dijo a sus padres que quería casarse con Billy en 1944, Rose se opuso con vehemencia, afirmando que la religión católica de Kick era incompatible con la fe protestante de Cavendish. Pero las reflexiones de Rose en 1962 sugieren que ella también tenía dudas sobre la viabilidad de un matrimonio entre un “clan irlandés-estadounidense” y un británico “aristocrático y reaccionario”.

Mientras la unidad de Billy se preparaba para embarcarse para participar del Día D en 1944, Kick estaba dispuesta a enfrentar la desaprobación de su madre y casarse. Rose hizo grandes esfuerzos, llegando a pedirle al arzobispo Francis Spellman y otros prelados católicos que la convencieran de no hacerlo. En una nota escrita en un hotel en Virginia, Rose explicó cómo se sintió “alterada, horrorizada, descorazonada” ante la posibilidad de la boda de Kick. Rose lo veía como una mancha a la reputación de los Kennedy como modelo a seguir.

“Todos hacían sentir orgullosa a nuestra familia elogiando su buen comportamiento, sensatez y religiosidad. ¡Qué golpe al prestigio de la familia! Y nadie parecía estar tan preocupado por eso como yo”, escribió.

Las notas de Rose, sin embargo, sugieren que ella creía que su marido estaba igual de decidido a detener la boda. De hecho, no obstante, padre e hija estaban intercambiando cartas confidenciales. En una, Joe le dio a Kick su bendición, escribiendo “Sigues siendo, y siempre serás, la mejor para mí”.

Rose no asistió a la ceremonia civil y escribió muy poco sobre ella. Pocos meses después, tanto Joe hijo como Billy Cavendish morirían en combate.

Tres días después de la boda, Kick le envió a Rose una carta, diciendo que las objeciones teológicas a su matrimonio desaparecerían con el tiempo y absolviendo a su madre.

“Por favor, no asumas ninguna responsabilidad por un acto que tú consideras malo (y yo no). Hiciste todo lo que estaba en tu poder para detenerlo. Cumpliste tu deber como madre católica”, escribió Kick.

El diario de Rose indica que permaneció en la cama, deprimida por el matrimonio de Kick, hasta que semanas más tarde Spellman le dijo a Joe que le dijera que estaba siendo demasiado rigurosa consigo misma. La absolución de Spellman le devolvió la alegría. Casi dos meses después de la boda, Rose finalmente le escribió a Kick para decirle “mientras sigas amando a Billy, puedes estar segura que todos lo recibiremos de brazos abiertos.”

Cuatro años más tarde Kick puso a prueba todavía más la tolerancia de su madre, enamorándose de Peter Fitzwilliam, un miembro anglo-irlandés de la Cámara de los Lores, que no solo era protestante sino que estaba separado de su esposa. Rose se opuso a la relación y Kick, como había hecho antes, recurrió a su padre, buscando su bendición. Fitzwilliam y ella se disponían a encontrarse con Joe en París cuando su avión cayó a causa del mal clima en Francia, matándolos a ambos y a dos miembros de la tripulación.

Si el alejamiento entre Kick y ella le molestó mucho a Rose, no lo mencionó en sus escritos privados. Su descripción en su autobiografía de la muerte de su hija mientras “volaba en avión junto a unos amigos a París” fue más que discreta.

Pero con el correr de los años, el recuerdo de Kick pareció suavizar los puntos de vista de Rose. Escribió a menudo sobre la personalidad magnética de Kick, y releyó sus cartas.

“Sus primeras cartas parecían tan cálidas y afectuosas, tal vez más que las de mis otros hijos”, escribió Rose en 1972.

Cuando su ghostwriter le preguntó en 1972 su opinión sobre matrimonios entre personas de diferentes religiones, o sobre el casamiento luego de un divorcio, ella respondió: “No me atrevería a juzgar.”

Con Jackie, una relación bíblica

Cuando leyó la primera nota que recibió de Jacqueline Bouvier, Rose estuvo impresionada. Ella asumió que era de un chico, uno de los amigos de John que había pasado la noche en el cuarto de invitados de la casa de invierno de la familia en Palm Beach.

Era una nota de agradecimiento firmada “Jackie”, la clase de gesto de cortesía que Rose había enseñado a sus hijos a hacerle a sus anfitriones, y le produjo una buena impresión duradera.

Supuestamente la suya fue una relación complicada, descrita a menudo en sus biografías e historias familiares como distante y a veces difícil. Una lectura del archivo de Rose Kennedy rectifica esta imagen, de forma tanto sutil como profunda. Su vínculo se fortalecería con el tiempo, especialmente en la tristeza.

En sus cartas y conversaciones, Jackie se dirigía a Rose como “Belle Mere”, término francés para “suegra”, usando un lenguaje que tanto Rose como ella hablaban fluidamente. La habilidad de Jackie de hablar varios idiomas era solo uno de los atributos que le ganaron el aprecio de Rose. En Jackie, Rose vio algo de sí misma: una mujer educada y sofisticada, interesada en las artes tanto como en la moda, una mujer dispuesta a subordinarse a un hombre ambicioso y poderoso, y una mujer capaz de ignorar sus temores sobre si ese hombre ambicioso y poderoso le era enteramente fiel.

Rose escribió contando cómo les advirtió a todas sus nueras que los rumores de infidelidades eran el precio de entrar a un clan tan célebre, pero no mostraba ningún signo de sospechar los amoríos de su esposo. Los buscadores de escándalos encontrarán en su archivo un pozo muy seco.

Por su parte, Jackie le dijo al ghostwriter de Rose que ella desafiaba el estereotipo de la suegra entrometida y prepotente, siempre dispuesta a ayudar, pero permitiéndole manejar su casa como Jackie considerara apropiado, sin hacer comentarios al estilo de “en mis tiempos…”. Pero Rose en algunas ocasiones le daba su opinión en materia de decoro.

“Cuando Jackie llegó a París”, escribió en 1975, recordando la visita presidencial de mayo de 1961, “le dije en voz baja: ‘Tu falda es demasiado corta’. Ella dijo: ‘Sí, lo sé, pero no la puedo alargar’.”

Al principio de la presidencia de John, Jackie se estaba recuperando de un embarazo difícil que terminó en el nacimiento por cesárea de John hijo. Le resultaba difícil quedarse hasta tarde entreteniendo a sus huéspedes. Su suegra a veces la reemplazaba. Luego de que Pablo Casals diera un concierto de chelo en la Casa Blanca, Jackie le envió a Rose una breve nota:

“Querida Belle Mere: fuiste tan dulce al quedarte hasta tan tarde con los Casals anoche. Hizo una diferencia muy grande que te quedaras. Añadiste un lustre inconmensurable a nuestro fin de semana más alegre del año. Muchísimas gracias. Con amor, J.”

Pero fue el hecho de asignarle a Rose el dormitorio Lincoln el que mostró lo mucho que Jackie comprendía a su suegra. Rose frecuentemente comparó a John con Lincoln, tanto por su contextura física delgada como por sus dotes oratorias. En 1959 escribió en su diario que John había ganado peso y lamentó que él hubiera “perdido ese aspecto lincolniano que yo en secreto prefería.”

Jackie, entretanto, sorprendía a menudo a Rose al mantenerse al tanto de los últimos gritos de la moda. Rose recordó con admiración en su diario, que en la fiesta del Día de Acción de Gracias de 1961 en Hyannis Port, mientras que todos los presentes opinaban sobre el nuevo baile de moda entre los jóvenes, el Twist, solo Jackie podía bailarlo “usando un vestido rosa de Schiaparelli.”

Más tarde, después del asesinato de John y el derrame cerebral de Joe, Jackie empezó a compararse a sí misma y a Rose con dos personajes de la Biblia, Rut y Noemí, una nuera y una suegra que deben vivir juntas luego de la muerte de sus esposos.

“Adonde tú vayas, yo iré”, firmaba Jackie sus cartas a Rose, citando las palabras devotas de Rut a su suegra.

Si algunas madres piensan que no hay mujer lo suficientemente buena para sus hijos, los diarios de Rose muestran que ella veía a Jackie como alguien que, en palabras de Rose, “redondeaba” la personalidad de John. Rose le atribuyó a Jackie el mérito de haber hecho que John se interesara más por las artes, en especial por la poesía.

En notas que tomó en 1972 Rose recordó cómo defendió a Jackie cuando John se quejó que su esposa se demoraba demasiado en los eventos públicos.

“La chica no puede simplemente escaparse de las personas que se acercan a saludarla”, ella lo reprendió. “Deberías hacer que un agente del Servicio Secreto o alguien más le diga ‘Su esposo la está esperando’ o ‘Tiene otro compromiso, señora Kennedy’, o bien ella causará una mala impresión.”

Tras el asesinato de John, Rose pudo haber esperado o incluso deseado que Jackie se resignara a ser una viuda durante el resto de su vida. Y Rose admitió haberse sentido “completamente sorprendida” cuando su hija Jean la llamó una mañana de octubre de 1968 para decirle que Jackie iba a casarse con Aristóteles Onassis.

En su diario, Rose recordó haber conocido a Onassis en un restaurant en Montecarlo, justo antes de la elección de John en 1960. Ella se rehusó a tomarse una foto con él, “porque no creí que fuera una buena publicidad”. Si Onassis se sintió insultado, no lo demostró. Al día siguiente le envió a Rose dos docenas de rosas.

Onassis visitó Hyannis Port el verano de 1968, un mes después del asesinato de Bobby. “Onassis me pareció alguien con quien era fácil conversar”, escribió Rose. “Mucho más fácil de lo que había esperado”. Onassis también fue generoso, regalándole a Rose un brazalete y a Joe un cáliz.

“Acepté mi regalo con gratitud pero poca solemnidad, porque había visto copias de este brazalete antes”, escribió Rose. Jackie le dijo a Rose que no eran imitaciones baratas.

Escéptica, Rose llevó los regalos a un joyero. “Para mi sorpresa”, admitió, “el brazalete valía unos 1.500 dólares.”

La generosidad de Onassis tenía sus límites. El mismo joyero calculó que el cáliz de Joe valía unos 15 dólares.

Pese a los buenos modales de Onassis, Rose no había pensado que él estuviera interesado románticamente en Jackie, o viceversa.

“Me quedé más bien estupefacta”, escribió. “Recordaba que él había estado aquí, pero ella había traído a varios huéspedes desde el fallecimiento de John, así que no lo tomé muy en serio.”

“Si Jackie me hubiera pedido mi opinión probablemente hubiera rechazado la idea, debido a que él es mucho mayor que ella, y me parece difícil que una mujer joven se case con un hombre tan viejo como él.”

Pero Rose se puso en el lugar de Jackie. “Puedo entender que ella buscara la compañía, y cierta seguridad que un marido le da a su mujer.”

Cualesquiera fueran sus sentimientos personales sobre el matrimonio de Jackie con Onassis, Rose sintió un gran consuelo gracias a uno de sus ídolos, el cardenal Richard Cushing, que había oficiado tanto en el casamiento de John y Jackie como en el funeral de John. El cardenal emitió un comunicado, defendiendo el derecho de Jackie a volver a casarse, incluso con un cristiano ortodoxo divorciado.

“Mi consejo para la gente es que dejen de criticar a esa pobre mujer”, escribió Cushing. “Ella ha tenido una enorme cantidad de tristeza en su vida y merece toda la felicidad que pueda encontrar.”

Eso fue suficiente para Rose. Se mostró despreocupada cuando Jackie la llamó para hablar de su compromiso.

“Creo que ella estaba bastante aliviada por mi actitud”, escribió Rose, “porque luego se encontró con Ted y le dijo que estaba muy alegre por mis felicitaciones.”

Pese a sus bendiciones públicas, en la privacidad de su diario Rose dijo que hubiera preferido que Jackie se casara con David Ormsby-Gore, también conocido como Lord Harlech, un aristócrata inglés que fue embajador británico en los Estados Unidos durante la presidencia de John. La primera esposa de Ormsby-Gore había muerto en un accidente automovilístico en 1967. Él también había formado parte del círculo de amigos de los hijos de Rose en Londres cuando Joe fue embajador allí, y era primo de Billy Cavendish, el malogrado esposo de Kick. Era esta conexión con Kick lo que convenció a Rose que Lord Harlech habría sido una mejor elección.

“David Harlech parecía una opción casi ideal por el hecho de que era muy cercano a la familia y muy compatible intelectualmente, y todos sabíamos que era un hombre íntegro y encantador”, escribió Rose, expresando en privado una opinión que jamás compartió públicamente.

En esos veinte años, Rose había pasado de tratar de sabotear el matrimonio de Kick con un protestante a desear que la viuda de su hijo se casara con uno.

En febrero de 1970 Rose escribió que Jackie le había enviado un álbum de fotos tomadas en Grecia. “Junto con el álbum envió una carta que me abrumó con sus expresiones cálidas sobre el placer que todos sintieron con mi última visita en Año Nuevo, y lo inesperada que era la cadena de eventos de la vida; que ella y yo, luego de todas nuestras experiencias juntas, ahora empezáramos a compartir nuevas experiencias en un ambiente y una atmósfera muy diferentes.”

Rose aceptaba que Jackie hubiera podido alejarla de su vida, de haber querido, especialmente luego de casarse con Onassis. En lugar de eso, Jackie dejó en claro que Rose era bienvenida, y deseada, en la nueva unidad familiar.

“Estoy encantada”, escribió Rose, “porque así yo siempre podré contactar a los niños, y de saber que todos disfrutan de tenerme con ellos.”

Pero, siendo una Kennedy, Rose analizaba su relación con Jackie en términos competitivos.

“Estoy segura que muy pocas —o ninguna— suegras han recibido una carta como la que Jackie me escribió, y en cualquier competencia estoy segura que superaríamos a cualquier equipo suegra-nuera”, escribió Rose. “Incluso a Rut y Noemí.”

En notas que escribió en 1972 Rose contó cómo Jackie la llamó y discutieron “sobre algunas de las historias ridículas impresas sobre ellas en las revistas.”

Rose le dijo: “Sé que tus hijos y tú están muy felices con Ari. Entonces, ¿por qué dejar que un puñado de reporteros molestos arruinen esa felicidad? Y, como dije antes, intenta convertir tus penas en esfuerzos constructivos para aliviar la carga de los demás. Dios quiere que seamos felices.”

Los escritos públicos de Rose mostraban el mismo optimismo. “Es muy egoísta preocuparse por las tragedias”, le dijo a su ghostwriter. Pero en 1968, luego del asesinato de Bobby, el segundo matrimonio de Jackie, y con su marido inválido a un año de fallecer, una Rose más reflexiva viajó a Chicago a hablar sobre la discapacidad mental, un tema que ella se tomaba en serio a causa de su hija Rosemary, que sufría de una enfermedad mental y fue hospitalizada de por vida luego de una desastrosa cirugía cerebral. (En una entrevista no publicada, Rose sugirió que la situación de Rosemary era un tabú, “un accidente del cual yo no hablo”).

Pero algo que escribió en su diario durante esa visita a Chicago abre una ventana extraordinaria a su visión del mundo. Parece un parlamento desesperanzado de Shakespeare, reflejando una vida atrapada en varias capas de dolor.

Así es, al final, el mundo según Rose Fitzgerald Kennedy:

“Dios ha enviado a estos niños por un motivo especial”, escribió, haciendo referencia a los discapacitados mentales. “Para hacer obras que él no puede hacer a través de cualquier otro niño. Hay un ejemplo en mi propia vida. Él se ha llevado a tres hijos magníficos, preparados y ansiosos para hacer Su trabajo aquí en la Tierra, y me dejó a una hija retrasada que no puede contribuir en nada, sino que debe recibir beneficios más que concederlos. Y Joe, que está tan indefenso… Él ha hecho su trabajo con nobleza y ahora no puede contribuir en nada, y sin embargo Dios lo deja aquí sufriendo a diario por su mala salud y sus ocasionales recaídas.

“En mi vida, a menudo me han recordado que hay un destino que nos gobierna a todos, porque nadie a quien conozca o de quien haya leído parece haber sido completamente feliz durante un largo tiempo. Nuestra familia era perfecta: chicos brillantes, chicas atractivas e inteligentes, dinero, prestigio, un padre y una madre jóvenes, inteligentes, devotos, de hábitos ejemplares y exitosos en la educación de sus hijos. Joe hijo, apuesto, brillante, ejemplo para todos, muerto en un accidente aéreo, al igual de Kathleen, que de haber vivido, hubiera sido la líder de los jóvenes de clase alta en Inglaterra, pero ni ella ni su marido vivieron. John, con una vida ideal, compatible intelectualmente y socialmente, fue asesinado inesperadamente. Bob y Ethel, ideales el uno para el otro tanto socialmente como por su temperamento… talentosos, felices, jóvenes, asesinados.

“Pero Dios o el ‘destino’ simplemente no permite que exista una familia con tantas estrellas adornándola. Ted, también, lo tiene todo y quizá hasta se convierta en presidente, o al menos sea exitoso y feliz.

“Yo me he reconciliado con el hecho de que no puedo anticipar una vida ideal y exitosa. No puedo encontrar en la literatura o en la vida a muchas personas cuyas vidas envidie. La mayoría, por supuesto, siguen un camino oscilante, sin demasiadas emociones, con el número normal de muertes y decepciones. A menudo leo el lamento de Hécuba por la muerte de su nieto, en Las troyanas, de Eurípides, en el que hablaba de la Fortuna: ‘cual furiosa delirante, salta aquí y allá, y a ninguno concede perpetua dicha’, y lo que era cierto en el 550 a. C. lo es también ahora.”

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1 comentario

  1. idebenone

     /  Lunes, noviembre 26, 2012

    No creo que fiuera intención de Joe dejarla así, pero ya en esa época habían ciertas histrias sobre la lobotomia, podía haber investigado algo antes de someter a su hija puesto que los fallos en esas operaciones eran altísimos. Rosemary era una chica como ha dicho Beltane “borderline” una chica lenta que necesitaba de un poco de ayuda, hay muchas personas en esos casos, no son retrasados en realidad son personas por decirlo de alguna manera mas “lentas”, precisan de ayuda extra, tambien pueden tener deficit de atención o hiperactividad y con ello un comportamiento algo descontrolado pero con un poco de ayuda suelen desenvolverse de manera completamente normal, hoy dia suelen haber clases de refuerzos para chicos con estos problemas que suelen ir a instiutos normales pero requieren un poco de ayuda extra, Rosemary al parecer era también rebelde, en sus estudios fue muy lenta y su comportamiento a veces era infantil,legustaba mucho salir sola cosa que también hacía Kick pero al contrario de esta no reparaba naa en apariencias cosa que escandalizaba a su padre. Ella siempre fue así pero con lso años sencillamente no podían tenerla encerrada en un colegio o controlada.

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