Un año sin Internet

Internet-HD-WallpapersPaul Miller es un periodista especializado en tecnología que, el 1° de mayo del año pasado, decidió realizar un experimento: abandonar toda clase de conexión a Internet durante un año. El 1° de mayo último volvió a conectarse y escribió el siguiente artículo narrando su experiencia:

Estaba equivocado.

Hace un año abandoné Internet. Pensé que me estaba volviendo poco productivo. Pensé que carecía de significado. Pensé que estaba “corrompiendo mi alma”.

Ha pasado un año desde la última vez que “navegué por la red” o “revisé mis mails” o “me gustó” algo en sentido figurado en vez de literal. Me las he arreglado para mantenerme desconectado, tal y como quería. Estoy libre de Internet.

Y ahora se supone que tengo que decirles que he resuelto todos mis problemas. Se supone que debo estar iluminado. Se supone que debo ser más “real” ahora. Más perfecto.

Pero en lugar de eso, son las 20:00 y recién acabo de despertarme. Dormí todo el día, me desperté con ocho mensajes de voz en mi celular de amigos y compañeros de trabajo. Fui a una cafetería a consumir mi cena, el juego de los Knick, dos periódicos y una edición del New Yorker. Y ahora estoy mirando Toy Story mientras lanzo miradas ocasionales al cursor parpadeante de mi procesador de texto, como si quisiera obligar al artículo a escribirse solo, a generar las epifanías que mi vida ha sido incapaz de producir.

No quería encontrarme con este Paul al final de mi viaje de un año.

A principios de 2012 yo tenía 26 años y estaba harto. Quería tomar un descanso de la vida moderna; la rueda de hamsters que era mi cuenta de e-mail, el constante flujo de información “www” que ahogaba mi cordura. Quería escaparme.

Pensé que quizá Internet era un estado antinatural para nosotros, los humanos, o al menos para mí. Quizá yo tenía algún déficit de atención que me impedía usarla correctamente, o era demasiado impulsivo para moderar mi uso. He usado Internet constantemente desde los 12 años, y ha sido mi medio de vida desde los 14. Pasé de repartidor de periódicos a diseñador de páginas, y de diseñador a autor de artículos de tecnología en menos de una década. No me podía concebir a mí mismo separado del sentimiento de conexión omnipresente e información infinita. Me preguntaba qué más había en la vida. “La vida real”, quizá, me estaba esperando al otro lado del browser de mi navegador.

Mi plan era renunciar a mi trabajo, mudarme con mis padres, leer libros, escribir libros, y encontrar otras cosas que hacer en mi tiempo libre. Con un gesto glorioso, superaría a todas las crisis-del-cuarto-de-vida anteriores a la mía. Encontraría al verdadero Paul, lejos de todo el ruido, y me convertiría en un mejor yo.

Pero por algún motivo, The Verge [la publicación para la que trabaja Miller] quería pagarme para que abandonara Internet. Podía quedarme en Nueva York y compartir mis descubrimientos con el mundo, transmitir misivas sobre mi vida libre de Internet a todos los ciudadanos de Internet que había dejado atrás, esparcirles sabiduría desde mi torre de marfil.

Mi objetivo, como autor de artículos sobre tecnología, era descubrir qué me había hecho Internet a lo largo de los años. Entender la Internet estudiándola “a la distancia”. No solo me convertiría en un mejor ser humano, sino que ayudaría a todos a convertirse en mejores humanos. Una vez que entendiera las maneras en que Internet nos estaba corrompiendo, podríamos combatirlas.

A las 23:59 del 30 de abril de 2012 desconecté mi cable de Ethernet, apagué mi wi fi y cambié mi smartphone por un “teléfono tonto”. Me sentí realmente bien. Me sentí libre.

Dos semanas después, me hallé entre 60.000 judíos ultraortodoxos, reunidos en el Citi Field de Nueva York para escuchar a los rabinos más respetados del mundo hablar sobre los peligros de Internet. Naturalmente. Fuera del estadio, fui visto por un hombre que repartía algunos de mis propios artículos acerca de abandonar Internet. Se mostró eufórico de conocerme. Había elegido evitar Internet por muchos de los mismos motivos por los que su religión expresaba desconfianza hacia el mundo moderno.

“Está reprogramando nuestras relaciones, nuestras emociones y nuestra sensibilidad”, dijo uno de los rabinos en la reunión. Destruye nuestra paciencia. Convierte a los niños en “vegetales de los clicks”.

Mi nuevo amigo fuera del estadio me alentó a sacar provecho de mi año, de “detenerme a oler las flores”.

Esto iba a ser asombroso.

I dreamed a dream

Y déjenme decirles, todo empezó siendo genial. Me detuve a oler las flores. Mi vida estaba llena de sorpresas agradables: encuentros en la vida real, juegos de frisbee, paseos en bicicleta y literatura griega. Sin tener idea cómo, escribí la primera mitad de mi novela y entregué un artículo casi todas las semanas a The Verge. En los primeros meses, mi jefe expresó una ligera frustración por lo mucho que estaba escribiendo, algo que nunca había sucedido antes y nunca volvió a suceder después.

Perdí 6 kilos sin esforzarme. Compré ropa nueva. La gente me decía continuamente lo bien que me veía, lo feliz que parecía. En una sesión, mi terapeuta literalmente se palmeó su propia espalda.

Estaba un poco aburrido, un poco solitario, pero descubrí un maravilloso cambio de ritmo. Escribí en agosto: “es el aburrimiento y la falta de estímulos lo que me impulsa a hacer cosas que realmente me importan, como escribir y pasar tiempo con los demás”. Estaba casi seguro de haber descubierto el secreto, y se lo decía a todo el mundo.

A medida que mi cabeza se despejaba, mi capacidad de prestar atención se expandió. En mi primer par de meses, 10 páginas de la Odisea se me hacían interminables. Ahora puedo leer cien páginas antes de cansarme o, si la prosa es sencilla y estoy atrapado en la trama, varios cientos.

Aprendí a apreciar aquellas ideas que no pueden ser resumidas en una entrada de blog, sino que necesitan una novela entera para ser expuestas. Al alejarme de la caja de resonancia de la cultura de Internet, descubrí que mis ideas se extendían hacia nuevas direcciones. Me sentí diferente, y un poco excéntrico, y me gustó.

Sin la vía de escape de mi smartphone, fui obligado a salir de mi caparazón en situaciones sociales difíciles. Sin la distracción constante, me di cuenta que estaba más al tanto de la presencia de los demás. Ya no podía tener todas mis interacciones en Twitter; tenía que hallarlas en la vida real. Mi hermana, que ha debido lidiar con la frustración de tratar de hablar conmigo cuando estoy escuchándola solo a medias y usando una computadora durante toda su vida, adora la forma en que hablo con ella ahora. Dice que soy menos emocionalmente distante, que me preocupo más por su bienestar; en una palabra, menos cretino.

Además, y no sé si tiene que ver con esto, lloré cuando vi Los Miserables.

Parecía, entonces, en esos primeros meses, que mi hipótesis era certera. Internet me había alejado de mi verdadero yo, el mejor Paul. Había desconectado el cable y visto la luz.

De vuelta a la realidad

Cuando abandoné Internet, esperaba que mis artículos fueran al estilo de “¡Hoy usé un mapa de papel y fue divertidísimo!” o “¿Libros? ¿Qué son esas cosas?” o “¿Alguien conoce una copia de Wikipedia que pueda leer sin estar conectado?”. No fue así.

Resolví la mayoría de los aspectos prácticos del desafío casi sin darme cuenta. No tengo problemas en recorrer Nueva York por instinto, y compro mapas de papel para ir a otros lugares. Y resulta que los libros en formato papel son geniales. No tengo problemas para conseguir pasajes de avión, simplemente llamo a Delta y acepto lo que me ofrecen.

De hecho, la mayoría de las cosas que estaba aprendiendo a hacer podían ser realizadas con o sin una conexión a Internet; no es necesario hacer un ayuno anual de Internet para darte cuenta que tu hermana tiene sentimientos.

Pero un cambio importante fue el correo. Me conseguí una casilla postal este año, y no puedo explicar la dicha que era verla llena de cartas de lectores. Eran algo tangible, y difícil de simular con una e-card.

En una letra bien espaciada, precisa y adorable, una chica me escribió en una hoja física de papel: “Gracias por dejar Internet”. No como un insulto, sino como un cumplido. Esa letra significó mucho para mí.

Pero luego me sentí culpable, porque jamás respondí.

Y luego, por algún motivo, incluso ir a la oficina postal se sentía como ir al trabajo. Comencé a sentir fastidio, y casi rencor, hacia las cartas.

Al final descubrí que una docena de cartas cada semana eran tan abrumadoras como cien e-mails por día. Y ocurría algo parecido con la mayoría de los aspectos de mi vida. Necesitaba estar motivado para leer un buen libro, tuviera o no Internet como alternativa. Salir de casa para estar con otras personas empezó a requerir tanto esfuerzo como siempre.

A fines de 2012 aprendí a hacer un nuevo tipo de malas opciones fuera de Internet. Abandoné mis “costumbres offline” positivas y descubrí nuevos “vicios offline”. En vez de utilizar al aburrimiento y la falta de estímulos y transformarlos en aprendizaje y creatividad, me sumergí en el consumismo pasivo y el aislamiento social.

Habiendo pasado ya un año, no ando en bici tan seguido. Mi frisbee acumula polvo. Casi todas las semanas yo no salgo ni una vez con mis amigos. Mi lugar favorito es el sofá. Apoyo mis pies en la mesa ratona, juego videojuegos y escuchó audiobooks. Elijo algún juego que no exija ningún esfuerzo mental, como Borderlands 2 o Skate 3, y aprieto los botones con aire ausente, mientras mi mente se distrae con el audiobook, o quizá con nada.

Gente que necesita gente

De modo que las elecciones morales no son muy diferentes sin Internet. Las cosas prácticas como los mapas e ir de compras en persona en vez de hacerlo por Internet no son difíciles de acostumbrarse. La gente sigue estando dispuesta a indicarte las direcciones correctas en la calle. Pero sin Internet, es definitivamente más difícil encontrar gente. Es más difícil hacer una llamada telefónica que mandar un mail. Es más fácil mandar un SMS que pasar por la casa de alguien. No es que esos obstáculos no puedan ser superados. Yo los superé al principio, pero no duré mucho.

Es difícil explicar qué cambió exactamente. Supongo que esos primeros meses se sintieron bien porque sentí la ausencia de las presiones de Internet. Mi libertad era tangible. Pero luego de que dejé de ver mi vida en el contexto de “Ya no uso Internet”, la existencia fuera de la red se volvió mundana, y mis peores facetas comenzaron a emerger.

A veces me quedaba en casa durante días. Mi teléfono estaba apagado, y nadie podía contactarme. En un momento mis padres se cansaban de preguntarse si seguía con vida y enviaban a mi hermana a mi departamento para ver cómo estaba. Por Internet era más fácil asegurarle a las personas que estaba vivo y cuerdo, más fácil colaborar con mis colegas del trabajo, más fácil ser una parte relevante de la sociedad.

Mucha tinta ha sido desperdiciada menospreciando el falso concepto de un “amigo de Facebook”, pero les aseguro que un “amigo de Facebook” es mejor que nada.

Mi mejor amigo a distancia, con quien hablaba todas las semanas por teléfono durante años, se mudó a China este año y no he hablado con él desde entonces. Mi mejor amigo de Nueva York simplemente se sumergió en su trabajo, y yo fui incapaz de cumplir con mi parte de nuestros programas sociales.

Sentía como si no estuviera sincronizado con el flujo de la vida.

En marzo de este año fui, irónicamente, a una conferencia en Nueva York llamada “Teorizando sobre la Red”. Estaba lleno de estudiantes de posgrado presentando papers complicados acerca de la definición de la realidad y sobre el panorama del feminismo en una era post-digital, y cosas así. Al principio me sentí un poco arrogante, pues sentí que estaban perdiendo el tiempo con simples teorías, teorías que asumían que Internet estaba en todo, mientras que yo mismo estaba experimentando una vida aparte.

Pero luego hablé con Nathan Jurgenson, un teórico de la red que ayudó a organizar la conferencia. Señaló que hay mucho de “realidad” en lo virtual, y mucho de “virtual” en nuestra realidad. Cuando usamos un teléfono o una computadora, seguimos siendo humanos de carne y hueso, ocupando un tiempo y un espacio. Cuando estamos corriendo en una pradera, con nuestros aparatos tecnológicos guardados en algún lugar lejano, Internet sigue teniendo influencia sobre nuestro pensamiento: “¿Escribiré algún tweet sobre esto cuando vuelva?”

Mi plan había sido abandonar Internet y así encontrar al Paul “real” y ponerme en contacto con el mundo “real”, pero el Paul real y el mundo real ya están irreversiblemente vinculados a Internet. No digo que mi vida no fuera diferente sin Internet, pero no era mi vida real.

Tiempo con la familia

Hace un par de semanas fui a Colorado para despedirme de mi hermano antes de que fuera enviado a Qatar con la Fuerza Aérea. Tiene una recién nacida, una bebita de cinco meses llamada Kacia, a quien yo solo había visto en fotografías que mi cuñada había tenido la gentileza de mandarme por correo.

Pasé un día entero con mi hermano, y a la mañana siguiente lo acompañé al aeropuerto. Observé, conmovido, cómo besaba a su esposa y a sus hijos para despedirse. No parecía justo que tuviera que irse. Es un héroe para esos niños, y odiaba que tuvieran que perderlo durante seis meses.

Mis compañeros de trabajo, Jordan y Stephen, se encontraron conmigo en Colorado para regresar en auto a Nueva York. La idea era terminar mi año con un pequeño documental, y pasar las horas en el auto discutiendo lo que había pasado y qué pasaría a continuación.

Antes que nos fuéramos, pasé un poco más de tiempo con los niños, esforzándome por ayudar a mi cuñada y ser un buen tío. Y luego tuvimos que marcharnos.

En la ruta, Jordan y Stephen me preguntaron cosas sobre mí mismo. “¿Crees que eres muy riguroso contigo mismo?” Sí. “¿Este año fue exitoso?” No. “¿Qué quieres hacer cuando vuelvas a Internet?” Quiero hacer cosas por los demás.

Hicimos una parada en Huntington, Virginia Occidental, para conocer a mi héroe, Justin McElroy de Polygon. Me encontré con Nathan Jurgenson en Washington DC. Reflexioné mucho sobre si podría tener éxito en Internet habiendo fracasado fuera de ella. Les pedí consejos.

Lo que śe ahora es que no puedo culpar a la Internet, o cualquier otra circunstancia, por mis problemas. Tengo muchas de las mismas prioridades que tenía antes de dejar Internet: familia, amigos, trabajo, aprendizaje. Y no tengo garantías de que podré atenerme a ellas cuando regrese a Internet; probablemente no pueda, para ser honesto. Pero al menos sé que no es culpa de Internet. Sé quién es responsable, y quién puede solucionarlo.

El martes a la noche, la última noche del viaje, hicimos una parada junto al río, con Nueva York al otro lado, para sacar una foto del paisaje nocturno de Nueva Jersey y Manhattan. Era una noche fría y despejada, y me apoyé contra una baranda e intenté adoptar una pose casual para la cámara. Estaba tan cerca de Nueva York, tan cerca de haber terminado. Anhelaba la cómoda soledad de mi departamento, y sin embargo temía mi regreso al aislamiento.

En dos semanas volvería a Internet. Me sentía como un fracasado. Sentía que me estaba dando por vencido otra vez. Pero sabía que Internet era el lugar a donde pertenecía.

0:00, 1° de mayo de 2013

Había leído tantas entradas de blogs y artículos periodísticos y libros acerca de cómo Internet nos vuelve solitarios, o estúpidos, o solitarios y estúpidos, que había empezado a creerles. Quería descubrir qué me estaba “haciendo” Internet, para poder defenderme. Pero Internet no es una búsqueda individual, es algo que hacemos con los demás. Internet es donde está la gente.

En mi última tarde en Colorado, me senté con mi sobrina Keziah, de cinco años, e intenté explicarle lo que es Internet. Ella jamás había escuchado hablar de “la Internet”, pero le gusta mucho usar Skype en la computadora de sus abuelos. Le pregunté si no se había preguntado por qué no me había comunicado con ella por Skype durante un año.

“Pensé que no querías”, respondió.

Con lágrimas en los ojos, le hice un dibujo de lo que es Internet. Eran computadoras y teléfonos y televisores, con pequeñas líneas que los conectaban. Esas líneas eran Internet. Le mostré cuál era mi computadora, dibujé una línea que apuntaba hacia ella, y luego la borré.

“Pasé un año sin usar Internet”, le dije. “Pero ahora voy a volver, podré hablar contigo por Skype de nuevo”.

Cuando vuelva a Internet, puede que no la use bien. Puede que pierda mi tiempo, o me distraiga, o haga clic en todos los links equivocados. No tendré tanto tiempo para leer o meditar o escribir la gran novela estadounidense de ciencia-ficción.

Pero al menos estaré conectado.

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1 comentario

  1. A mi me da un ataque simultáneo de ansiedad y depresión sin unas pocas horas de contacto con la computadora,; ¡Un año entero no se si duraría!

    La catarsis del tipo es admirable. ¡Aunque también fue mucho stress para ser sincero, prueba que la Internet es inevitablemente parte de nuestra vida!

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