Crítica del episodio 6×10 de Mad Men

Peggy y PeteTraducción de la crítica de Alan Sepinwall de “Favors” (“Favores”), el décimo episodio de la sexta temporada de Mad Men.

“No puede ser que si alguien te cuidara, te cuidara muy bien, si esta persona estuviera dispuesta a hacer todo por ti, si tu bienestar fuera su único pensamiento, ¿es imposible que pudieras empezar a sentir algo por él?” — Bob Benson.

A lo largo de casi seis temporadas completas de Mad Men, parece que hemos visto casi todos los trucos que tiene la serie bajo la manga, al menos en lo que se refiere a Don Draper. Otros personajes pueden crecer, cambiar y/o sorprendernos con lo que son capaces de hacer, o ser, a medida que avanzan los años ’60, pero Don es Don. Sabemos sus secretos. Conocemos sus limitaciones, así como sus fortalezas. Y sabemos —o creemos saber— lo que Jon Hamm es capaz de hacer en este gran papel.

Así que lo que más me sorprendió, más que cualquier otra cosa de “Favores” —un episodio magistral de la serie que sirvió como un recordatorio del poder de una historia en común entre personajes que hemos estado observando durante seis temporadas— fue la secuencia inmediatamente después que Sally atrape a Don y Sylvia teniendo relaciones sexuales en la habitación de la mucama. Hemos visto a Don Draper asustado antes. Hemos visto a Don Draper enojado a antes. Hemos visto a Don Draper actuando como un niño antes. Pero nunca hemos visto… esto. Nunca vimos a Don Draper sin tener la menor idea de qué hacer a continuación. Nunca vimos a Don Draper caminando de un lado a otro como en el lobby de su edificio, considerando una serie de posibilidades poco atractivas. ¿Vuelvo al departamento de mi amante para que ella me haga sentir culpable? ¿Corro a buscar a mi hija, a quien he traicionado completamente, pese a que no tengo idea dónde se ha ido, ni qué voy a decirle? ¿O acaso…? ¿Qué estoy haciendo aquí? Jonesy, ¿tienes alguna idea?

Y ese momento de Don completamente desorientado se destaca —y es una de las mejores escenas de Hamm en esta serie que haya visto— no solo porque normalmente tiene alguna respuesta (aún si es escapar), sino porque la naturaleza de la traición que lo pone en esa situación vulnerable.

Hemos visto a Don Draper hacer cosas malas a un montón de gente a lo largo de los años. Lo hemos visto engañar a sus dos esposas. Lo hemos visto maltratar físicamente a Bobbie Barrett. Lo hemos visto robar la identidad de un muerto, gritarle a Peggy hasta hacerla llorar, poner sus propios intereses por delante de los de la agencia una y otra vez, e incluso llevarse el libro de Sylvia tras ordenarle que se quede en la habitación del hotel. Él no es un príncipe azul, damas y caballeros. Pero la única relación que tiene que es casi sagrada, la única persona con la que intentó genuinamente ser un ser humano decente casi todo el tiempo (*), fue Sally. No es bueno lastimar a tu esposa, tu amante, tu discípula o tu oficial al mando, pero parece una clase de pecado totalmente diferente lastimar a tu hija.

* Hay que recordar que en uno de los primeros episodios de la serie Don se escapa de la fiesta de cumpleaños de Sally —y olvida traer la torta de cumpleaños que le habían encargado— porque, como siempre, se sentía como un intruso en la vida de otra persona, y no podía lidiar con eso. Pero incluso entonces al menos le trajo un perro para compensar su vergonzosa ausencia.

Sally ha tenido problemas con su padre, pero en general él siempre ha sido su héroe en cualquier disputa entre sus padres. Atrapar a Don acostándose con su vecina cambia el contexto de muchas de las cosas que cree saber sobre su padre, sobre el matrimonio de sus padres y sobre quién tenía razón y quién no la mayoría de las veces. Y si bien Megan no es su madre, ver a Don traicionarla de esa manera le da a Sally otra cosa en la que ya no puede creer, y otro motivo para pasar muchos de sus años de adolescencia y adultez en terapia y/o consumiendo drogas. Cuando escucha su ridícula explicación de lo que pasó, hay varias barreras físicas —la puerta, su mano cubriendo su cara— que se suman a la enorme barrera emocional que Don colocó entre ambos sin darse cuenta. Ella no le cree, no lo respeta, no quiere tener nada que ver con él, y él tiene la culpa por ser incapaz de dejar de hacer las cosas que hace para lastimarse a sí mismo y a los demás.

Que un padre es capaz de lastimar tan rápidamente y sin darse cuenta a su hijo de esa manera no es una novedad. Pero “Favores” gira en torno a la noción de que los padres decepcionan a sus hijos (y a veces, viceversa), pero también en torno a figuras paternas o que están a cargo de otras personas y que son incompetentes en su tarea, o sobre personas que no tienen a nadie que cumpla ese rol con ellos.

La reconciliación de Don y Sylvia es al resultado de los problemas de Mitchell Rosen con la oficina de reclutamiento —algo que Sylvia y Arnie desconocían completamente hasta que fue demasiado tarde—. Pete ha cedido por completo el cuidado de su madre a Manolo, y no tiene idea de lo que realmente está pasando —aunque, como dice Bob Benson, puede que nada esté sucediendo fuera de la mente de la señora Campbell—. Nan Chaough critica a Ted por amar su trabajo más que a ella y a sus hijos, aunque al menos Ted y los chicos comparten un momento agradable cuando él regresa a casa y Nan está dormida. Peggy, todavía viviendo en su departamento del Upper West Side, llama a Stan para pedirle ayuda con su problema de roedores, a lo cual Stan responde razonablemente que él no es su novio, y por ende no es la persona que debería dejar todos sus asuntos pendientes e ir a lidiar con eso. La relación de Don y Ted, pese a su escasa diferencia de edad y logros profesionales, evolucionado hasta ser similar a la de un padre y su hijo, pues Ted busca frecuentemente la aprobación de Don, y en este episodio lo responsabiliza de no cuidar los intereses de la agencia (y los de Ted).

Y luego está la extraña escena entre Pete y Bob, donde aparentemente nos dan la respuesta al misterio de Bob Benson —aunque siempre es posible que la serie revele que es el hijo inmortal, vampiro y viajero en el tiempo de Pete y Peggy o de Dick Whitman y la prostituta Aimée, y/o un sociópata que planea cocinar y comerse a todo el departamento creativo de SC&P—, cuando intenta seducir sin éxito a Pete. Es una decisión incomprensible —aún sin tomar en cuenta la idea de que Bob pudiera sentirse atraído por Pete—, pues Bob parece ser capaz de leer muy bien a la gente y Pete acaba de decir, luego de saber que Manolo es gay, que es un degenerado capaz de toda clase de cosas repugnantes. Incluso si se sintió atraído hacia él —a diferencia de la dolorida respuesta de Sal al escuchar a Ken describir a Kurt con un lenguaje similar en “El Jet Set”—, esa sería una clara señal de abortar cualquier intento en ese momento particular, ¿no?

Aún así, la teoría de Bob de que uno puede hacer que otra persona lo ame atendiendo todas sus necesidades contrasta con lo que vemos suceder en otros lugares en el episodio. Don ha dado por sentado el amor de Sally, aunque pocas veces ha hecho algo para ganárselo, y queda destruido al darse cuenta que lo perdió. (Y también, porque Don es un egoísta hijo de puta, tiene miedo que ella le diga a Megan, Betty o a cualquier otra persona) La señora Campbell y Pete siempre han tenido una relación emocionalmente distante, pero ambos consideran que el otro debería tratarlos mejor, simplemente porque están emparentados.

En la que tal vez haya sido la mejor escena del episodio —o al menos, la mejor escena en la que no aparezca Sally siendo pisoteada por su padre—, vemos a Pete y Peggy emborrachándose después de una reunión exitosa con Ocean Spray, mientras que Ted, por ser el piloto designado, debe permanecer sobrio y pagar la cuenta. La suya siempre ha sido una relación complicada, que la serie no ha explorado mucho en estos últimos años a medida que ambos personajes evolucionaban. Pero la conversación de Peggy con la senil señora Campbell —en la que cada palabra de la anciana podía aplicarse tanto a Peggy como a Trudy— permitió revivir gran parte de su historia en común, antes que pudiéramos ver a Pete y Peggy disfrutar genuinamente de la compañía del otro y reflexionar sobre todo lo que han atravesado. Fue tanto un eco de las escenas similares entre Don y Peggy en “El maletín” —al igual que en ese episodio, no es necesario usar muchos sustantivos porque todo es comprendido por los dos participantes del diálogo y por el público—, y también una versión más gentil de las interacciones entre Pete y Peggy fuera de la oficina que vimos en los primeros años. En la 1ª temporada, Pete le dijo a una Peggy feliz y llena de confianza, “No me gustas así”. Ahora Pete puede decirle “Al menos uno de nosotros terminó siendo importante” y hacer que la frase se sienta en parte como un cumplido (aunque lleno de autocompasión). Como señala Pete, Peggy realmente lo conoce, y algunas de las mejores escenas de la temporada involucran a personajes con una historia en común que se toman un momento para reflexionar sobre lo que eso significa y cómo han cambiado en relación a lo que eran años atrás.

Si Mad Men fuera a durar diez o quince años más, en vez de terminar, como parece probable, luego de la próxima temporada, puedo imaginar una escena donde Don y una Sally adulta terminen juntos en un bar, y ella le reproche todo lo que él no pudo hacer por ella, y las maneras en que Betty y él la perjudicaron. Pero en cierto momento de la escena también puedo imaginarlos recordando entre risas la vez que él le trajo un perro como regalo después de arruinar su fiesta, o la vez en que ella accidentalmente le puso ron a su tostada en vez de jarabe.

Don ha fracasado como padre en casi todos los aspectos imaginables. Pero conoce a Sally, y desafortunadamente Sally lo conoce a él. Él no se ha portado bien con ella, como pudimos ver de manera tan devastadora en este episodio, pero hay una conexión entre ambos que no desaparecerá, por mucho que Sally quiera (lo que es comprensible).

Otras reflexiones:

  • Estoy abierto a todas las teorías sobre por qué Stan (y no, digamos, Ginsberg) tendría un póster de Moshe Dayan sobre su cama.
  • Septiembre de 1968 fue uno de los pocos meses de ese año sin ninguna tragedia o escándalo, lo que es una ventaja para la serie; si bien Matt Weiner solo puede trabajar con lo que estaba pasando en el mundo en aquellos momentos, llega un punto en donde deja de ser impresionante ver a los personajes reaccionar a un hecho horrible tras otro. Si bien la historia de los Rosen se relaciona con Vietnam, el episodio en general se enfoca mucho más en los asuntos de la oficina y las relaciones entre los personajes, y tiene más fortaleza por eso.
  • Uno de los muchos talentos de John Slattery: el hombre puede hacer malabarismos con naranjas.
  • No solo Pete se da cuenta de la atracción entre Ted y Peggy, sino que Ted se da cuenta del vínculo entre sus dos compañeros de viaje. Y la señora Chaough comprende muy bien a su esposo, aún si no sabe cuánto Ted disfruta de la compañía de esa joven creativa en particular.
  • Jonesy es otra persona con responsabilidad que no hace bien su trabajo, dándole varias veces a Sally las llaves de todo el edificio sin preocuparse por lo que pueda pasar. Sin embargo, es mejor que el tipo que empieza a sacarse el uniforme en el lobby y ni se molesta en saludar a Sally cuando sale.
  • Ahora que sabemos que Megan no está muerta (aún), y que Bob es gay (aunque, como dije arriba, eso podría ser parte de su plan maestro criminal), ¿qué nuevas teorías podemos inventar acerca de uno de ellos, o los dos? ¿Podría ser que al final nos enteremos que Megan y Bob son la misma persona en diferentes momentos de su vida, como en All You Zombies de Heinlein?
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1 comentario

  1. Es muy bueno pensar en los triángulos amorosos: Sylvia/Don/Megan; Ted/Peggy/Pete y las variantes Don/Megan/Betty o Ted/sra Chaough/Peggy. Ningún triángulo es fijo y lo interesante es ver cómo esos triángulos van mutando e interrelacionándose.

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