El antiperonismo y la visión decadentista de la Historia

Dossier_Villa_imagen_8El historiador Tulio Halperín Donghi escribió un ensayo cuyo título se homenajea en el de esta entrada, acerca del revisionismo histórico. Halperín les atribuía a sus adversarios de la corriente revisionista una visión decadentista de la historia argentina, según la cual el país habría entrado en un largo período de declinación a partir de un determinado momento histórico (según los primeros revisionistas, a partir del fin de la época colonial; según sus sucesores, a partir de la batalla de Caseros y la caída del régimen rosista).

Actualmente lo que yo veo en muchas personas con escasa tolerancia hacia el peronismo —por usar un eufemismo— es una perspectiva tan decadentista como la que tenían los revisionistas según Halperín, pero en la cual la “época dorada” es, en lo económico, la del modelo agroexportador (1880-1929), y en lo político, todo el período previo a 1943-46. El decadentismo antiperonista sostiene que todos los males de la Argentina surgieron con o se vieron exacerbados por el movimiento fundado por Juan Perón.

La última contribución a este decadentismo es una columna publicada en el New York Times escrita por Roger Cohen y titulada, con muy poca imaginación, “Cry for me, Argentina“. El texto es un compendio de lugares comunes, que se pueden sintetizar en este párrafo:

A century ago, Argentina was richer than Sweden, France, Austria and Italy. It was far richer than Japan. It held poor Brazil in contempt. Vast and empty, with the world’s richest top soil in the Pampas, it seemed to the European immigrants who flooded here to have all the potential of the United States (per capita income is now a third or less of the United States level). They did not know that a colonel called Juan Domingo Perón and his wife Eva (“Evita”) would shape an ethos of singular delusional power.

El artículo fue bastante bien replicado por el escritor Mempo Giardinelli. En verdad, la pieza no hubiera despertado mucho interés de haber sido redactada por un argentino y publicada en un medio local, tan acostumbrados estamos a las tesis decadentistas vernáculas.

Cualquiera que se haya tomado la molestia de leer el librito ya clásico Estudios sobre los orígenes del peronismo, de Juan Carlos Portantiero y Miguel Murmis, sabe que el movimiento peronista hubiera surgido aún si Juan Perón se hubiera limitado a ser un respetado profesor de Historia militar y si Eva Duarte hubiera continuado siendo una actriz de radioteatro. Si Perón no aprovechaba las circunstancias sociales, políticas y económicas de la Argentina de la segunda posguerra para impulsar un movimiento de masas, hubiera sido cualquier otro político —militar o civil— audaz y ambicioso.

Además, esa idea de que, ya sea con el golpe de 1943 que abrió el camino al poder a Perón, con la movilización histórica del 17 de octubre de 1945 que lo convirtió en un líder de masas o con su asunción como presidente constitucional en 1946, se abrió un cono de sombras para los “argentinos de bien” (signifique eso lo que signifique) es desmentida con solo echar un vistazo a los hechos previos a estos hitos. Antes de 1943 hubo masacres de indígenas en el Chaco y la Patagonia que hoy serían consideradas lisa y llanamente terrorismo de Estado. Hubo huelgas reprimidas de forma sanguinaria, como la de la Semana Trágica de Buenos Aires en 1919. Hubo hechos de corrupción escandalosos, como la compra de los terrenos de El Palomar y las coimas de la CHADE a legisladores conservadores y radicales en los años ’30.

El único lapso de democracia plena entre 1880 y 1946 fue entre 1916 y 1930, con los gobiernos de Yrigoyen y Alvear, porque antes de 1916 y entre 1930 y 1943 se practicó un fraude electoral sistemático para garantizar que los conservadores permanecieran en el poder. Incluso, en aquellos “años felices”, se produjo el primer y —creo— único pogrom no solo de nuestro país sino de toda América Latina, cuando varios “niños bien” de la Liga Patriótica atacaron las viviendas y negocios de muchos miembros de la colectividad judía de Buenos Aires durante la Semana Trágica, en una acción que años después sería imitada por las fuerzas de choque nazis en la Noche de los Cristales Rotos. Y en cuanto a la pobreza, me limitaré a recomendar la lectura del contundente informe Bialet Massé, de la primera década del siglo XX, y a señalar que la fotografía de la villa miseria que ilustra esta entrada, fue tomada en 1933, mucho antes que el peronismo asomara su feo rostro.

Yo no suscribo a las visiones decadentistas; de hecho, casi podría decir que tengo la visión opuesta: para mí, Argentina inició una recuperación —tenue, tambaleante, con disparidades, avances y retrocesos, pero recuperación al fin y al cabo— a partir del retorno de la democracia en 1983. Y si tuviera que señalar un momento de inicio de la decadencia, optaría por el primer golpe de Estado en 1930, cuando las clases dominantes decidieron dinamitar —en lo que sin duda creyeron que sería la primera y última vez— el sistema constitucional que ellas mismas habían levantado luego de la batalla de Pavón en 1862. Si hubo una decadencia argentina, no comenzó con el surgimiento del primer peronismo sino con la reacción al yrigoyenismo.

PD: Después de escribir este post, encontré por casualidad este otro escrito en 2006 en el lamentablemente inactivo blog La Barbarie, donde analizan el mismo tema con aún más profundidad.

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