Isabel y Francisco

Al momento de ser coronada en 1558, la reina Isabel I de Inglaterra era una de las solteras más codiciadas de la nobleza europea. Siendo reina por derecho propio de uno de los países más poderosos del continente, y siendo además una mujer de apenas veinticinco años y considerable belleza, numerosos príncipes aspiraron a casarse con ella. La reina supo utilizar hábilmente su potencial matrimonio como una prenda de negociación con las demás potencias europeas.

El primero de sus pretendientes fue Felipe II de España, y sus planes comenzaron a desarrollarse aún antes de que Isabel accediera al trono inglés. Felipe estaba casado con la hermana mayor y predecesora de Isabel en el trono, María I “la Sanguinaria”, y cuando comenzaron los problemas de salud de su esposa, el rey español comenzó a especular con la posibilidad de casarse con su hermana y heredera, como una manera de conservar a Inglaterra como parte de su Imperio Español. Isabel rechazó la oferta matrimonial de Felipe en 1559, pero contraofertó un matrimonio con el archiduque Carlos de Austria, su primo. Cuando las relaciones con Felipe II se deterioraron en 1568, Isabel abandonó los planes de casamiento con Carlos y se acercó a Francia. Enrique, duque de Anjou y hermano del rey Carlos IX (que luego se convertiría él mismo en rey de Francia con el nombre de Enrique III) fue su primer pretendiente, y posteriormente Francisco, duque de Alençon y hermano menor de Enrique y Carlos, pasó a aspirar su mano. Isabel también recibió ofertas matrimoniales del rey de Suecia y hasta de Iván el Terrible, zar de Rusia, país con el cual ella había establecido por primera vez relaciones diplomáticas.

El duque Francisco, no obstante, se diferenció del resto de sus pretendientes en un aspecto muy importante: fue el único que viajó a Inglaterra a cortejar personalmente a Isabel.

El duque de Alençon, nacido en 1555, era el hijo menor del rey Enrique II y de Catalina de Médici. Había sido bautizado con el nombre de Hércules, pero más tarde se lo cambió a Francisco, con el pretexto de homenajear a su hermano mayor el rey Francisco I, fallecido en 1560; en verdad quiso cambiarse el nombre porque, además de que a los ocho años sufrió de viruela y su rostro quedó deforme por el resto de su vida, también padecía una malformación en la columna espinal, y con ese aspecto físico un nombre como Hércules lo hacía objeto de burlas. En 1576, poco después de que su hermano mayor Enrique se convirtiera en rey, Francisco heredó su título de duque de Anjou, y en 1579 comenzaron las negociaciones con los ingleses para casarlo con Isabel I. Francisco tomó ese mismo año la decisión de viajar al otro lado del Canal de la Mancha para conocer a la reina.

Isabel en aquel entonces tenía 46 años, mientras que Francisco tenía 24. A pesar de la notoria diferencia de edades, la reina y el duque francés llegaron a tener una relación muy cercana y afectuosa. Francisco le regaló a Isabel un pendiente con forma de rana y desde entonces la reina lo apodó “mi rana”. Se cuenta que Isabel llegó a anunciar a un grupo de cortesanos que se casaría con Francisco, para luego besarlo y entregarle un anillo frente a ellos. La posibilidad de que Francisco finalmente lograra convertirse en el marido de Isabel comenzó a despertar resistencias entre el pueblo inglés. Si bien Francisco era católico, tenía una gran tolerancia hacia los protestantes y estaba dispuesto a no impulsar, si se convertía en rey consorte de Inglaterra, un eventual retorno al “papismo”, siempre y cuando le permitieran seguir profesando su propia fe en privado; no obstante, el hecho de que su madre fuera Catalina de Médici, la instigadora de la masacre de San Bartolomé ―una feroz matanza de protestantes que se produjo en Francia en 1572 y dejó un saldo de entre 5.000 y 30.000 muertos― hacía que los ingleses sintieran temor ante la perspectiva de ver al hijo de “la Jezabel de nuestros tiempos” ―como la llamó el poeta Phillip Sidney en una carta dirigida a la propia Isabel― casado con su reina. El mismo Consejo de la reina estaba dividido: mientras que el barón Burghley y el conde de Sussex estaban a favor del enlace, el conde de Leicester, favorito de la reina, y Francis Walsingham, jefe del servicio de espionaje de Isabel, estaban en contra. En una ocasión en la cual sus consejeros discutían violentamente sobre los pros y los contras del matrimonio frente a Isabel, la reina no pudo contener las lágrimas.

Al final Isabel optó por desechar el casamiento con Francisco. Sin duda hubo motivos políticos para esa decisión ―desconfianza en la viabilidad de la alianza con Francia, preocupación por la reacción de sus súbditos si finalmente se concretaba el matrimonio, etc.―, pero también hubo causas personales. Isabel había crecido presenciando la desastrosa carrera matrimonial de su padre Enrique VIII, lo cual dejó una honda huella psicológica sobre ella. Para poder casarse con su madre, Ana Bolena, Enrique debió anular su matrimonio con Catalina de Aragón. Cuando Isabel tenía tres años Ana fue ejecutada por orden de Enrique, y años después, Enrique se casó con la princesa alemana Ana de Cleves, pero anuló el matrimonio para poder casarse con Catalina Howard, a quien al poco tiempo también hizo ejecutar… Además, siempre estaba el peligro de la muerte por fiebre puerperal, una enfermedad que se llevó las vidas de varias mujeres de la familia real: su abuela Isabel de York y sus madrastras Juana Seymour y Catalina Parr fallecieron por esa causa poco después de dar a luz. Y por si fuera poco, Isabel tenía el ejemplo reciente del matrimonio de su hermana María con Felipe II. Como en el caso de Francisco, Felipe era un noble extranjero, varios años más joven que su esposa, y que no sentía ninguna atracción física por ella, algo que hizo que la unión ―en el poco tiempo que pudieron pasar juntos, pues Felipe debía gobernar su propio reino y solo podía hacer visitas esporádicas a María― fuera muy infeliz.

No obstante, poco después de que “su rana” regresara al continente, Isabel, que era una mujer extraordinariamente culta, escribió un nostálgico poema titulado Sobre la partida de Monsieur. La traducción es mía, y como el inglés antiguo no es mi fuerte, probablemente haya varios errores.

Sufro y no me atrevo a mostrar mi descontento,

Amo y sin embargo me veo obligada a fingir que odio,

Deseo, y sin embargo no me atrevo a decir que realmente lo deseaba,

Parezco estar muda, pero en mi interior converso,

Soy y no soy, me congelo y estoy quemada,

Desde que aparté de mí a otro ser.

Mi infelicidad es como mi sombra en el sol,

Me sigue volando, se aleja volando de mí cuando la persigo,

Está de pie y se acuesta junto a mí, sin importar lo que haga.

No puedo desprenderme de su demasiado familiar infelicidad.

No encuentro medios para arrancármelo de mi pecho,

Hasta que el final de todas las cosas lo suprima.

Una pasión más gentil se desliza en mi mente,

Pues soy suave y estoy hecha de nieve que se derrite;

Oh, sé más cruel, amor, y así serás bondadoso.

Déjame flotar o hundirme, estar alta o baja.

Déjame vivir con un poco más de dulce felicidad,

O morir y olvidar lo que el amor significó.

Francisco murió de malaria en junio de 1584, con apenas veintinueve años. Isabel murió en marzo de 1603, a los sesenta y nueve. Ninguno de los dos se casó ni tuvo hijos.

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