Pedro II, el zar adolescente

PyotralexeevichLos tres zares más famosos de Rusia son, sin dudas, Ivan IV (mejor conocido como “Iván el Terrible”), Pedro I (“el Grande”) y Catalina II (“la Grande”). A estos tres monarcas podríamos sumarle Nicolás II, aunque más que famoso, él es trístemente célebre por haber perdido su trono y su vida tras la revolución bolchevique de 1917.

En los más de setenta años que transcurrieron entre la muerte de Pedro el Grande en 1725 y la de Catalina la Grande en 1796, Rusia fue gobernada por mujeres casi sin interrupción. Al morir Pedro I, su viuda, la zarina Catalina, se apoderó del trono y reinó como Catalina I por el resto de su vida. Catalina no tenía derecho a ocupar el trono, ya que era de origen plebeyo, y Pedro I tenía un nieto legítimo, también llamado Pedro, hijo del difunto zarevich Alejo; no obstante, cuando el zar murió, los partidarios de Catalina lograron imponerla como emperatriz, ahora por derecho propio, de Rusia. El pequeño Pedro tenía apenas diez años, por lo que no pudo oponerse a la maniobra de la viuda de su abuelo.

Antes de continuar con la historia, hay que recordar que Catalina era la segunda esposa de Pedro el Grande. Su primera esposa fue Eudoxia Lopujiná, una noble de rancio abolengo que fue la madre del zarevich Alejo, y de la que se divorció para casarse con Catalina, que había sido su amante hasta ese momento. El zarevich Alejo había sido condenado a muerte por su propio padre, Pedro I, supuestamente por conspirar para derrocarlo. La familia imperial estaba, entonces, profundamente dividida.

Como emperatriz Catalina I fue competente, pero efímera: falleció en 1727, a los cuarenta y tres años, después de apenas dos años de reinado. Solo entonces pudieron hacer valer los derechos del joven Pedro, quien con doce años fue coronado zar con el nombre de Pedro II. A diferencia de su predecesora, que era una mujer adulta cuando la coronaron y pudo asumir el gobierno de inmediato, un consejo de regencia tuvo que ocuparse de la administración del imperio en nombre del joven zar.

Pedro II había tenido una infancia solitaria. Su madre, Carlota de Brunswick, había muerto al darlo a luz en 1715, y su padre Alejo fue ejecutado en 1718, por lo que quedó huérfano a los tres años. Su única familiar cercana era su hermana Natalia, un año mayor que él, a la que amó con ternura. Al poco tiempo de acceder al trono, Pedro II conoció a otra persona que lo cautivó, aunque de manera muy diferente: Iván Dolgoruki, un joven muy atractivo, cinco años mayor que él. El zar tenía también una relación cercana con su tía Isabel, la hija de Pedro el Grande y Catalina I (según las malas lenguas, tía y sobrino habrían llegado a cometer incesto). Apartado de las responsabilidades del gobierno, el precoz adolescente organizaba fiestas descontroladas tanto dentro como fuera del palacio. En 1727 Johan Lefort, un sajón residente en Rusia, escribía a las autoridades de su país de origen:

El señor [Pedro II] no tiene más ocupaciones que recorrer día y noche las calles con la princesa Isabel y su hermana, visitar al chambelán Iván [Dolgoruki], a los pajes, a los cocineros y Dios sabe a quién más.

Lefort estaba convencido de que Dogoruki y Pedro II eran amantes, y escribió en la misma carta:

Podría creerse que estos imprudentes [refiriéndose a la familia de Iván] favorecen los más variados desenfrenos instilando [en Pedro II] los sentimientos del más abyecto de los rusos. Sé de un aposento contiguo a la sala de billar donde el subgobernador [Alejo Dolgoruki, padre de Iván] le organiza encuentros galantes (…). No se acuestan hasta las 7 de la mañana.

Cuando comenzó el romance entre Pedro e Iván, la figura dominante en la corte era Alejandro Menshikov, que había sido favorito tanto de Pedro I como de Catalina I, y que tras su muerte se había hecho cargo de la regencia de Pedro II. Su poder era inmenso: logró, con el pretexto de que era una medida de seguridad, trasladar la residencia del zar del Palacio de Invierno a su propio palacio, y posteriormente intentó que su hija María se casara con Pedro. Pero los Dolgoruki, aliados con otras familias boyardas, consiguieron, tan solo cuatro meses después del acceso de Pedro II al trono, que Menshikov fuera desterrado a Siberia.

Luego de la caída de Menshikov, las luchas por el poder en la corte continuaron; estas luchas no solo se realizaban en el plano político, sino también en el sentimental. Los Dolgoruki deseaban alejar a Pedro de su hermana Natalia y su tía Isabel. Otro noble encumbrado, Dimitri Golitsin, encargó a su propio yerno Alejandro Buturlin, que sedujera al zar, para así desplazar a Iván. Aquel plan no salió como esperaban, pues Buturlin terminó convitiéndose en amante, no de Pedro sino de Isabel. Posteriormente, Isabel intentó seducir al propio Iván Dolgoruki, despertando los celos de su sobrino.

En 1728 murió la princesa Natalia; si bien Pedro II le había tenido gran afecto, no pareció sufrir mucho por la pérdida de su hermana, y a los pocos días abandonó la capital para visitar la finca de los Dolgoruki. Allí, Alejo Dolgoruki, el padre de Iván, le presentó a su hija Catalina. Los Dolgoruki, luego de poner a uno de los suyos en la cama de Pedro, buscaban consolidar su poder convirtiendo a una mujer de su familia en emperatriz. Pedro aceptó el compromiso de buena gana, aunque la fecha del matrimonio se fijó en 1730, pues se consideraba al zar demasiado joven como para casarse (si bien, como hemos visto, tenía ya los apetitos de un hombre adulto).

El entusiasmo de Pedro por Catalina Dolgoruki no duró mucho. En 1729 estuvo a punto de repudiarla, al enterarse de que había tenido citas clandestinas con otro pretendiente. Los Dolgoruki realizaron una maniobra no muy sofisticada para salvar el compromiso: hicieron que Catalina se encontrara con Pedro en un pabellón de caza para reconciliarse. Cuando comenzaban a hacer el amor, apareció Alejo Dolgoruki, quien representó convincentemente el papel de padre indignado y exigió al zar que se casara con su hija para “reparar el ultraje”. Pedro cedió, y en octubre de 1729 se anunció oficialmente la futura boda de Pedro y Catalina. Ese mismo mes se celebraron los esponsales. Por esa misma época se decidió el matrimonio de Iván con una joven noble llamada Natalia Sheremétiev; pese a ello, la relación entre el zar y su futuro cuñado seguía siendo igual de íntima (aunque la de Iván con su hermana Catalina se resintió debido a una disputa por las joyas de la difunta princesa Natalia).

El 6 de enero de 1730, Pedro II participó de la tradicional ceremonia de bendición de las aguas del Nevá. El frío invernal hizo que ese mismo día se resfriara. Su enfermedad fue empeorando día a día, hasta que los médicos le diagnosticaron viruela.

Durante esas jornadas desesperadas, Alejo Dolgoruki consideró la posibilidad de coronar emperatriz a Catalina, siguiendo el antecedente de Catalina I en 1725. Incluso hizo que su hijo Iván, que era capaz de imitar a la perfección la firma de Pedro, falsificara un testamento en el que se declaraba a Catalina Dolgoruki heredera del trono. Sin embargo, los propios hermanos de Alejo lo convencieron de que esa maniobra sería imposible, no solo porque Catalina no había llegado a casarse con Pedro II, sino porque no tenían suficiente poder como para imponerla como zarina.

Pedro II murió el 19 de enero de 1730, con apenas catorce años de edad; casualmente, ese mismo día era el que se había fijado para su boda con Catalina Dolgoruki. Su sucesora fue Ana, hija del zar Iván V y sobrina de Pedro el Grande. Transcurrirían treinta y dos años antes de que en Rusia volviera a gobernar un varón.

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