Eva Perón y las damas de la Sociedad de Beneficencia

En la película Eva Perón, dirigida por Juan Carlos Desanzo y guionada por José Pablo Feinmann, hay una escena célebre en la cual las directoras de la Sociedad de Beneficencia le hacen una visita a la flamante Primera Dama, en 1946, para ofrecerle la presidencia de dicha Sociedad. Las mujeres, de origen oligárquico, no pueden disimular su desprecio por Eva, quien por su parte no vacila en desairarlas. A mí, sin embargo, me gusta más cómo esa misma escena es relatada por Tomás Eloy Martínez en su novela Santa Evita.

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Se le presentó la oportunidad en julio de 1946, un mes después de que su marido juró como jefe del Estado. En su condición de primera dama, le correspondía ser presidenta honoraria de la Sociedad de Beneficencia, pero las beneméritas se resistían a mezclarse con una mujer de pasado tan dudoso, que era hija ilegítima y había vivido con varios hombres antes de casarse.

El deber, por supuesto, prevaleció sobre los principios. Las beneméritas decidieron mantener la tradición y ofrecer el cargo a la Bataclana —como la llamaban en sus cotorreos—, pero imponiéndole tantas condiciones que no podría aceptarlo.

La visitaron un sábado, en la residencia presidencial. Evita les dio cita a las nueve de la mañana, pero a las once aún no se había levantado. La noche antes, los agentes de Control de Estado le hicieron llegar copia de la carta que una de las directoras de la institución había mandado a la escritora Delfina Bunge de Gálvez.

Esperamos que vengas a la residencia con nosotras, Delfina querida”, decía la carta. “Sabemos que tenés el paladar muy delicado y que la visita te hará mal al estómago. Pero si cuando estés delante de la h de p (perdonános, pero con una poetisa sólo se deben emplear las palabras justas) te sentís descompuesta, pensá en que estás ofrendándole al Señor un sacrificio que te valdrá infinitas indulgencias plenarias.”

Evita bajó las escaleras con una elegancia que las dejó pasmadas. Vestía un tailleur en cuadrillé blanco y negro con adornos de terciopelo. Aunque aún se manejaba con un vocabulario inseguro, su lengua ya era rápida, sarcástica, temible.

—¿Qué las trae, señoras? —dijo, sentándose en el taburete de un piano.

Una de las damas, ataviada de negro, con un sombrero del que se alzaban unas alas de pájaro, contestó, desdeñosa:

—El cansancio. Llevamos más de tres horas esperando.

Evita sonrió con candor:

—¿Sólo tres horas? Tienen suerte. Hay dos embajadores, arriba, que ya llevan cinco. No perdamos tiempo. Si están cansadas, querrán irse rápido.

—Nos trae una obligación sagrada —dijo otra de las damas, que se envolvía el cuello con una estola de zorro—. Por respeto a una tradición que tiene casi un siglo, le ofrecemos que presida la Sociedad de Beneficencia…

—… aunque es usted demasiado joven —insinuó la del sombrero de pájaro—. Y tal vez, por haber sido artista, no esté familiarizada con nuestras obras. Somos ochenta y siete damas.

Evita se puso de pie.

—Se darán cuenta que no puedo aceptar —dijo, cortante—. Eso no es para mí. No sé jugar al bridge, no me gusta el té con masitas. Las haría quedar mal. Busquen a una que sea como ustedes.

La dama de la estola le tendió, con alivio, una mano enguantada.

—Si es así, nos vamos.

—Se olvidan de la tradición —dijo Evita, ignorando el saludo—. ¿Cómo se van a quedar sin presidenta honoraria?

—¿Quiere sugerirnos algo? —preguntó, sobradora, la del zorro.

—Nombren a mi madre. Tiene ya cincuenta años. Ella no es una hache ni una pe, como dice esta carta —contestó, desplegando la copia sobre la mesa—, pero es mejor hablada que ustedes.

Y dando media vuelta, subió con donaire las escaleras.

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